miércoles, 20 de julio de 2016
lunes, 20 de junio de 2016
jueves, 9 de junio de 2016
Qué tiempo tan feliz
Nuestros artistas son los ríos que van a dar en Qué tiempo tan feliz, que es el morir. Procuro echar un ojo al programa de María Teresa Campos, por ese morbo de la muerte en directo que nos contó una vez Tavernier. El otro día comparecían de nuevo los supervivientes de El Consorcio, en un ritual que se produce cada dos o tres meses. Una de las colaboradoras les preguntaba entonces por el origen del grupo, cuestión que probablemente únicamente han tenido que responder allí mismo un millón de veces. Pero la memoria es débil (la Campos superiora anuncia ahora también las pastillas DeMemory) y hace falta recordar una y otra vez al público los mismos conceptos.
Ahora que regresa la campaña electoral, si es que alguna vez nos abandonó, volveremos a oír las mismas consignas, las mismas promesas, los mismos discursos que ya nos quedaron claros hace seis meses. Por si no entendimos en su momento la necesidad del cambio, o de la permanencia, o de ese horror circulante que es el sorpasso, nuestros políticos no ahorrarán esfuerzos en apuntar una y otra vez las ideas que ya quedaron calcinadas en diciembre.
Entonces todos desfilaron ya por el programa de María Teresa para decir lo mismo que le contaron a Pablo Motos. Ahora, en un giro más retorcido y despiadado, se han aliado con diabólicas figuras que simulan ser niños para seguir dando la tabarra de siempre. A este paso, echaremos de menos esa época en la que solo se nos aparecían cada cuatro años para suplicar nuestro voto. Aquel sí que era un tiempo tan feliz.
martes, 7 de junio de 2016
miércoles, 20 de abril de 2016
El 28 por ciento
A 15 grados bajo cero y con dos metros de nieve, el ministro Soria
compareció en rueda de prensa en bermudas y chanclas para anunciar que este mes
de abril era el agosto más caluroso que recordaba.
El otrora sosias del expresidente Aznar añadía a continuación que las
empresas alejadas del radar del fisco español por las que le preguntaban no
existían, que sí existían pero que eran un negocio de su padre, que nunca firmó
nada y que ahora que lo dice parece que sí es mi firma pero es que hace muchos
años de eso, cómo son ustedes.
Las precisas y aclaratorias afirmaciones de José Manuel Soria, como no
podía ser de otra manera, satisficieron a un 28 por ciento de quienes
contestaron a la encuesta que sobre ellas realizaba un diario digital. El 28
por ciento de los votantes depositó su confianza en el Partido Popular en las
pasadas elecciones de diciembre y, por lo que parece, el 28 por ciento de
españoles se tiraría desde la azotea de su casa si Mariano Rajoy insinuara que
así escaparían de la amenaza podemita.
Hay ocasiones en las que un 28 por ciento es demasiado. Insoportablemente demasiado.
miércoles, 16 de marzo de 2016
Las tantas
Hay horas de las que ya no recuerdas ni que existen. Supones que son necesarias para crear un colchón lo suficientemente mullido entre el momento en el que te metes en la cama y el que soportas el zarpazo del despertador. Esas horas tenían algún sentido antes, cuando las empleabas en agotar la paciencia de alguna camarera y en vomitar en servicios especialmente habituados a ello.
A veces olvidas eso y cuando apareces de repente despierto a alguna de esas horas tardas en ubicarte, en reparar en que lo que parece un sueño es real, como aquella vez que acertaste doce en la quiniela y tuviste que pincharte para estar seguro de que el árbitro daba por bueno el gol de Julen Guerrero.
Son horas a las que enciendes la tele, porque ya no hay bares que te acepten a estas alturas de la película, y descubres que los canales se han convertido en mesas de apuestas y las presentadoras en crupieres que se te insinúan para que elijas rojo o negro, par o impar, primera docena o segunda docena, y así te quedas embobado viendo cómo la bolita hipnotiza a otros insomnes como tú.
Zapeas para esquivar esa ruleta inagotable y es cuando te das de bruces con la realidad en forma de cuarteto de jazz de provincias. Pones el canal local de turno, fantaseando con los tiempos en los que caía alguna porno descascarillada por el paso del tiempo, cuando la vida te pega un puñetazo que te envía a la lona sin que puedas levantarte así te apellides LaMotta. A esas horas en las que cuatro gatos ven la televisión, en un canal residual donde la audiencia es una ilusión, desfilan por la pantalla grupos y solistas anónimos, representantes del extrarradio musical que alcanzan de madrugada la cima de sus carreras para regresar de forma inmediata a lo más profundo del pozo en el que viven a diario.
Asistimos medio dormidos e incrédulos a ese fugaz instante de gloria de tercera división, ese cuarto de hora de fama que nos vendió Warhol y que ha quedado reducido, cuestiones de programación, a tres o cuatro minutos en el late-night local. Y cuando finalmente nos despertamos al día siguiente y pensamos en lo que vimos encogidos en el sofá, probablemente pensamos lo mismo que la colección de músicos que pusieron banda sonora a nuestro desvelo: ‘¿acaso todo eso fue real?’.
lunes, 29 de febrero de 2016
Infierno blanco
Robert Scott llevaba sobre sus hombros el peso de todo un Imperio cuando partió rumbo al Sur jamás hollado por el ser humano en una de esas locas aventuras que mantuvo en vilo al planeta hace más o menos un siglo. Pisar el Polo Sur era una empresa al alcance solo de unos pocos escogidos. Scott, acostumbrado a los rigores antárticos, llevaba al equipo más preparado, hombres de una fortaleza física descomunal e intelecto brillante, además de toda la tecnología que la época podía poner en sus manos. Convencida de escribir su nombre en la historia de la Humanidad, la expedición fue cubriendo etapas con la precisión de metrónomo hasta que, cuando por fin alcanzaron la meta, descubrieron que la expedición de Amundsen ya había hecho merienda-cena en el mismo punto un mes antes. Todavía aturdidos por la decepción y de regreso a la realidad atravesando un inabarcable océano blanco, los cinco héroes que solo consiguieron ser segundos, con Scott al frente, dejaron salpicadas sobre el hielo sus fuerzas y, finalmente, sus vidas.
La nave de ese otro océano blanco que es en sí mismo el Madrid parte cada agosto desde puerto entre gritos desgarrados y gorras al aire de sus amnésicos seguidores. Empujan con sus vítores la nave merengue en su viaje anual hacia Liga, Copa, Champions y Trofeo Bernabéu. A bordo, siempre la mejor plantilla de la historia, con refuerzos de última hora con cara de capricho florentiniano, un entrenador ‘nacido para dirigir al Real Madrid’ y una ambición desmedida a la que únicamente la humildad de los jugadores y su compromiso con el club pueden hacer sombra. Así las cosas, parece imposible que su Amundsen particular vestido con anorak blaugrana le haya vuelto a ganar la partida y encima deje tirados los restos de la celebración para hacer todavía más daño. El frío que pasa el Madrid desde ese momento hasta que llega junio no lo pasó ni Shackelton. Las articulaciones se agarrotan, la deshidratación consume sus pocas energías, que casi no alcanzan ni para ser segundos en la Liga, y pronto aparecen los primeros síntomas de gangrena, que desembocarán en la salida por la puerta de atrás de un Di María, un Özil o hasta un Casillas sobre quienes se descargará la responsabilidad del fracaso expedicionario.
El pobre Scott no tuvo una segunda oportunidad. El Madrid en agosto comprará la suya de nuevo.
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