miércoles, 27 de agosto de 2014
domingo, 24 de agosto de 2014
Róbeme lo que quiera pero no me llame imbécil
Perdono casi todo a los políticos. Me enfado mucho cuando escucho en los informativos la manera en la que priorizan su propio bienestar al supuesto interés público al que fingen prestar servicio. Me indigno como el que más con el desvío de fondos a sus cuentas corrientes suizas y las donaciones sin ningún tipo de control a compañeros de partido o compañeros de pupitre. Me enerva la chulería que desprenden en sus declaraciones, pontificando desde una posición de absoluto privilegio y sin pensar en absoluto en el ciudadano medio, ese ente difuso que finalmente es quien le sitúa con sus votos en el cargo que ocupan.
Pero ya digo que termino perdonándoselo casi todo. ¿Qué quieren que les diga? Son humanos, como yo, como ustedes, y supongo que es difícil escapar a la tentación de utilizar en su favor el poder inmenso que les entregamos a cambio de casi nada.
Hay una excepción a todo esto. Lo que no perdono es que me traten como a un idiota. Que, además de hacer y deshacer a su antojo, de enriquecerse y enriquecer al vecino, de utilizar cualquier resorte para perpetuarse en su posición, me quieran hacer comulgar con ruedas de molino pensando que soy gilipollas.
Andan Mariano y su partido muy preocupados por la salud democrática del país y para solucionarlo están dispuestos a modificar sin ningún tipo de consenso la ley electoral para que los alcaldes pasen a ser elegidos por simple mayoría, y no por cualquier tipo de pacto postelectoral que se produzca entre partidos que no han logrado el mayor número de votos. La medida, sensata y discutible en cualquier momento, deja automáticamente de serlo cuando se produce con las próximas elecciones municipales a la vista y después de que el terremoto de los pasados comicios europeos haya puesto en alerta al PP: con el nuevo escenario electoral que dibuja la entrada de Podemos y las actuales previsiones de voto, los populares dejarían de gobernar en ayuntamientos estratégicos si se mantiene el reparto de concejales que existe hasta ahora. La solución, burda y descarada, es proponer este cambio en las reglas del juego y disfrazarlo de medida regeneradora y garante de la democracia.
Entendería que Mariano compareciera en el plasma y nos dijera algo como “ciudadanos, a la vista de la progresiva pérdida de confianza de los dos grandes partidos de nuestro país, y para mantener en nuestro poder una cuota de poder que podría caer en otras manos fruto de pactos perfectamente legales, nos vemos obligados a modificar por nuestra cuenta la ley y hacer así que la llegada de partidos minoritarios a los ayuntamientos sea mucho más complicada que hasta ahora”. Con un discurso como este me conquistaría. Lo juro. Pero esta cosa de llamarme estúpido a la cara y tratar de engañarme como a un niño pequeño… Eso no lo perdono, Mariano. Eso, no.
Pero ya digo que termino perdonándoselo casi todo. ¿Qué quieren que les diga? Son humanos, como yo, como ustedes, y supongo que es difícil escapar a la tentación de utilizar en su favor el poder inmenso que les entregamos a cambio de casi nada.
Hay una excepción a todo esto. Lo que no perdono es que me traten como a un idiota. Que, además de hacer y deshacer a su antojo, de enriquecerse y enriquecer al vecino, de utilizar cualquier resorte para perpetuarse en su posición, me quieran hacer comulgar con ruedas de molino pensando que soy gilipollas.
Andan Mariano y su partido muy preocupados por la salud democrática del país y para solucionarlo están dispuestos a modificar sin ningún tipo de consenso la ley electoral para que los alcaldes pasen a ser elegidos por simple mayoría, y no por cualquier tipo de pacto postelectoral que se produzca entre partidos que no han logrado el mayor número de votos. La medida, sensata y discutible en cualquier momento, deja automáticamente de serlo cuando se produce con las próximas elecciones municipales a la vista y después de que el terremoto de los pasados comicios europeos haya puesto en alerta al PP: con el nuevo escenario electoral que dibuja la entrada de Podemos y las actuales previsiones de voto, los populares dejarían de gobernar en ayuntamientos estratégicos si se mantiene el reparto de concejales que existe hasta ahora. La solución, burda y descarada, es proponer este cambio en las reglas del juego y disfrazarlo de medida regeneradora y garante de la democracia.
Entendería que Mariano compareciera en el plasma y nos dijera algo como “ciudadanos, a la vista de la progresiva pérdida de confianza de los dos grandes partidos de nuestro país, y para mantener en nuestro poder una cuota de poder que podría caer en otras manos fruto de pactos perfectamente legales, nos vemos obligados a modificar por nuestra cuenta la ley y hacer así que la llegada de partidos minoritarios a los ayuntamientos sea mucho más complicada que hasta ahora”. Con un discurso como este me conquistaría. Lo juro. Pero esta cosa de llamarme estúpido a la cara y tratar de engañarme como a un niño pequeño… Eso no lo perdono, Mariano. Eso, no.
lunes, 18 de agosto de 2014
El pasado ya está aquí
“Quizás tú hayas acabado con el pasado pero el pasado aún no ha acabado contigo”, dicen durante Magnolia, el excesivo -en todos los sentidos- largometraje de Paul Thomas Anderson.
El pasado como cuenta pendiente, como imprevisible puñetazo en el estómago que te golpea cuando ya te habías olvidado de él, es argumento habitual en el cine y también en la sección judicial del Telediario. A ella accedía hace unas semanas por la puerta grande (una pequeñita le valía también a nuestro protagonista) Jordi Pujol, eterno president de la Generalitat catalana, recurrente objeto de burla de cómicos profesionales y aspirantes a humoristas y figura clave de las tres o cuatro últimas décadas de nuestra historia patria común.
Después de más de treinta años oculto y lejos de las manos del fisco, el pasado del honorable reapareció a su pesar para poner la guinda a todas las informaciones que durante años habían apuntado a las dudosas artes de varios de sus hijos en todo tipo de negocios, chanchullos y corruptelas.
La confesión de Jordi Pujol de que había olvidado declarar varios millones de euros durante un período de tiempo tan prolongado venía ilustrada en periódicos y televisiones con fotografías, por lo general añejas en las que el político, ya retirado, aparecía junto a alguno o varios de sus hijos. Y, entre todo ese viaje al pasado pujolesco, una se abría paso por méritos propios.
El pasado, testarudo y persistente, volvió a la vida de Pujol de la mano de ese remedo de domador ibicenco que posa ignorante de que se convertirá en involuntaria celebridad años más tarde. Si una imagen vale más que mil palabras, el valor de una foto como esta no se acerca a la fortuna amasada durante años por el pequeño president allende los Pirineos.
El pasado son millones escondidos en bancos andorranos o suizos, pero sobre todo son esas fotografías que nos avergüenzan cuando las vemos fuera de su contexto original, suficientemente alejadas en el tiempo y casi desvanecidas en nuestra frágil memoria. Cualquier tiempo pasado fue mejor, sobre todo cuando nadie investigaba tus cuentas ni tenías que ver constantemente aquella foto que te hicieron con un maromo descamisado al lado.
El pasado como cuenta pendiente, como imprevisible puñetazo en el estómago que te golpea cuando ya te habías olvidado de él, es argumento habitual en el cine y también en la sección judicial del Telediario. A ella accedía hace unas semanas por la puerta grande (una pequeñita le valía también a nuestro protagonista) Jordi Pujol, eterno president de la Generalitat catalana, recurrente objeto de burla de cómicos profesionales y aspirantes a humoristas y figura clave de las tres o cuatro últimas décadas de nuestra historia patria común.
Después de más de treinta años oculto y lejos de las manos del fisco, el pasado del honorable reapareció a su pesar para poner la guinda a todas las informaciones que durante años habían apuntado a las dudosas artes de varios de sus hijos en todo tipo de negocios, chanchullos y corruptelas.
La confesión de Jordi Pujol de que había olvidado declarar varios millones de euros durante un período de tiempo tan prolongado venía ilustrada en periódicos y televisiones con fotografías, por lo general añejas en las que el político, ya retirado, aparecía junto a alguno o varios de sus hijos. Y, entre todo ese viaje al pasado pujolesco, una se abría paso por méritos propios.
El pasado, testarudo y persistente, volvió a la vida de Pujol de la mano de ese remedo de domador ibicenco que posa ignorante de que se convertirá en involuntaria celebridad años más tarde. Si una imagen vale más que mil palabras, el valor de una foto como esta no se acerca a la fortuna amasada durante años por el pequeño president allende los Pirineos.
El pasado son millones escondidos en bancos andorranos o suizos, pero sobre todo son esas fotografías que nos avergüenzan cuando las vemos fuera de su contexto original, suficientemente alejadas en el tiempo y casi desvanecidas en nuestra frágil memoria. Cualquier tiempo pasado fue mejor, sobre todo cuando nadie investigaba tus cuentas ni tenías que ver constantemente aquella foto que te hicieron con un maromo descamisado al lado.
martes, 12 de agosto de 2014
lunes, 21 de julio de 2014
No Georgie, no fun
Hace unas semanas lo dejaba caer en una entrevista publicada en La Voz de Galicia. Georgie Dann tenía ya preparada la canción con la que asaltaría las listas musicales del verano de 2014. Un tema de corte social, como los que acostumbra a componer el genio de sangre gala y alma española, y de revelador título: La cosa está que trina. Por muchos dramas que asolaran el planeta, de Gaza a Ucrania, de Génova 13 a Maracaná, al menos la vida nos regalaría una dosis de evasión con la que seguir pensando que sí, que el final está cerca, pero que al menos llegaremos a él con un buen cardado capilar, una sonrisa en la boca y arrimando cachete con cachete y ombligo con ombligo.
Sin embargo, julio toca a su fin, la canícula aprieta y seguimos sin noticias de la nueva piedra con la que el artista parisino continúe edificando su colosal obra. Es verdad que los gloriosos tiempos del bimbó, el negro impotente o el himno dedicado al chiringuito playero (su particular magnum opus) quedan lejanos en el tiempo. Son ruinas desgastadas de un esplendor pretérito que, como el Egipto de los faraones y la Grecia presocrática, nunca volverá a brillar de igual forma.
¡Os maldigo a todos! ¡Maldigo las guerras! ¡OS MALDIGO!
Dann, con todo, nos había acostumbrado a sus periódicas entregas de melodías insistentemente pegadizas que, en combinación letal con unas letras picaruelas y sus espasmódicas coreografías, nos hacían salivar cual vulgares y pavlovianos chuchos. Es cierto que nadie (reconozcámoslo, puede que ni el mismo Georgie) recuerde La batidora y La cerveza, los dos jits que lanzó en 2012 y 2013 como prueba de vida este septuagenario que tiene en las rimas fáciles y en su azabachado tinte sus señas de identidad más reconocibles. Nadie las recuerda pero existieron como certificado de la normalidad con la que avanza el mundo, como paréntesis necesario entre matanzas, hambrunas y guerras.
Cuando el verano de 2014 ha consumido ya su primer mes de su corta vida, cuando el final del mes de julio se atisba en el horizonte y muchos españoles (afortunados ellos, eso sí) han quemado ya todos sus días de vacaciones, el hecho de que sigamos sin canción de Georgie Dann sólo puede significar una cosa: el final de todo cuanto conocemos está mucho más cerca de lo que podíamos pensar.
La cosa, definitivamente, está que trina.
Sin embargo, julio toca a su fin, la canícula aprieta y seguimos sin noticias de la nueva piedra con la que el artista parisino continúe edificando su colosal obra. Es verdad que los gloriosos tiempos del bimbó, el negro impotente o el himno dedicado al chiringuito playero (su particular magnum opus) quedan lejanos en el tiempo. Son ruinas desgastadas de un esplendor pretérito que, como el Egipto de los faraones y la Grecia presocrática, nunca volverá a brillar de igual forma.
¡Os maldigo a todos! ¡Maldigo las guerras! ¡OS MALDIGO!
Dann, con todo, nos había acostumbrado a sus periódicas entregas de melodías insistentemente pegadizas que, en combinación letal con unas letras picaruelas y sus espasmódicas coreografías, nos hacían salivar cual vulgares y pavlovianos chuchos. Es cierto que nadie (reconozcámoslo, puede que ni el mismo Georgie) recuerde La batidora y La cerveza, los dos jits que lanzó en 2012 y 2013 como prueba de vida este septuagenario que tiene en las rimas fáciles y en su azabachado tinte sus señas de identidad más reconocibles. Nadie las recuerda pero existieron como certificado de la normalidad con la que avanza el mundo, como paréntesis necesario entre matanzas, hambrunas y guerras.
Cuando el verano de 2014 ha consumido ya su primer mes de su corta vida, cuando el final del mes de julio se atisba en el horizonte y muchos españoles (afortunados ellos, eso sí) han quemado ya todos sus días de vacaciones, el hecho de que sigamos sin canción de Georgie Dann sólo puede significar una cosa: el final de todo cuanto conocemos está mucho más cerca de lo que podíamos pensar.
La cosa, definitivamente, está que trina.
jueves, 3 de julio de 2014
El postre
-Papá, ¿qué hay de postre?
La pregunta sale la boca de la preadolescente atravesando una sonrisa de insondable pureza. Un gesto candoroso donde no se aprecia aún el mínimo atisbo de la contaminación moral a la que nos vemos irremediablemente arrastrados en nuestro tortuoso camino por el fango de la vida. “¿Qué hay de postre?”, pregunta a una figura paterna en la que sigue confiando de manera ciega, el faro que la ha guiado durante una infancia que ya ha tocado a su fin pero a la que se mantiene unida por un lazo de imperecedera ingenuidad.
“¿Qué tendremos de postre? ¿Qué habrá cocinado papá?”, piensa nuestra protagonista en una demostración de tener aún una inocencia en absoluto fingida. Inocencia interrumpida en apenas unos segundos por una bofetada que no esperaba. Pronto, todo su universo quedará sepultado por un manto negro, oscuro y viscoso de realidad, por un baño de pringosa miseria al que le someterá su progenitor, implacable Saturno que devorará hasta el último rastro de virginidad de su pequeña. “¿Tendremos un bizcocho de chocolate? ¿Habrá cocinado esa tarta que le sale tan bien? ¿Natillas? ¿Arroz con leche? ¿Trufas? ¿Flan?”
-De postre, un capricho cremoso y crujiente -anuncia el padre. Y sin que la risa de maníaco, de auténtico depravado, abandone su cínico rostro saca del armario un paquete de galletas que deja a continuación sobre la mesa. “Ahí tenéis, el postre”, dice, esta vez sin que podamos oír sus palabras, únicamente para su mezquino interior plagado de frustraciones, de humillaciones enquistadas, de sufrimiento y de dolor.
Mientras se desarrolla toda la escena, un rótulo permanece fijo ante nuestros ojos. La moraleja del cuento, la conclusión a la que de manera esquinada nos quieren llevar los creativos, el estrambote definitivo de una historia de adiós a la infancia, desengaño y nata: “Come más fruta y verdura”.
La pregunta sale la boca de la preadolescente atravesando una sonrisa de insondable pureza. Un gesto candoroso donde no se aprecia aún el mínimo atisbo de la contaminación moral a la que nos vemos irremediablemente arrastrados en nuestro tortuoso camino por el fango de la vida. “¿Qué hay de postre?”, pregunta a una figura paterna en la que sigue confiando de manera ciega, el faro que la ha guiado durante una infancia que ya ha tocado a su fin pero a la que se mantiene unida por un lazo de imperecedera ingenuidad.
“¿Qué tendremos de postre? ¿Qué habrá cocinado papá?”, piensa nuestra protagonista en una demostración de tener aún una inocencia en absoluto fingida. Inocencia interrumpida en apenas unos segundos por una bofetada que no esperaba. Pronto, todo su universo quedará sepultado por un manto negro, oscuro y viscoso de realidad, por un baño de pringosa miseria al que le someterá su progenitor, implacable Saturno que devorará hasta el último rastro de virginidad de su pequeña. “¿Tendremos un bizcocho de chocolate? ¿Habrá cocinado esa tarta que le sale tan bien? ¿Natillas? ¿Arroz con leche? ¿Trufas? ¿Flan?”
-De postre, un capricho cremoso y crujiente -anuncia el padre. Y sin que la risa de maníaco, de auténtico depravado, abandone su cínico rostro saca del armario un paquete de galletas que deja a continuación sobre la mesa. “Ahí tenéis, el postre”, dice, esta vez sin que podamos oír sus palabras, únicamente para su mezquino interior plagado de frustraciones, de humillaciones enquistadas, de sufrimiento y de dolor.
Mientras se desarrolla toda la escena, un rótulo permanece fijo ante nuestros ojos. La moraleja del cuento, la conclusión a la que de manera esquinada nos quieren llevar los creativos, el estrambote definitivo de una historia de adiós a la infancia, desengaño y nata: “Come más fruta y verdura”.
domingo, 29 de junio de 2014
Prohibido reír
Primero acabaron con los chistes en los que los maridos atizaban a sus señoras, porque justificaban en cierto modo una forma de actuar que había que desterrar de nuestros hogares.
Después se proscribieron las coñas sobre judíos en campos de exterminio, cámaras de gas y crematorios, a no ser que se hicieran con la mirada tierna de un bufón italiano propenso a la exageración facial.
Más tarde vino la prohibición tácita de reírnos de negros, chinos, gitanos y cualquier otra minoría étnica que se viera agredida y ridiculizada a través de ese concepto difícilmente aprehensible conocido como ‘humor’.
Los chistes de mariquitas terminaron con su carrera
Objetos jurídicos como la monarquía quedaron amparados de los ataques de humoristas de una manera especial y su aforamiento cómico se limitó a las portadas de las publicaciones satíricas, que podían ser contempladas por todos los ciudadanos.
No hay que explicar que los chistes de gangosos, tullidos y ciegos habían dejado de ser populares hacía años, puesto que se burlaban de una buena parte de la población que merece el mismo trato y consideración que el resto de nosotros.
Ahora que tampoco se pueden hacer bromas sobre estereotipos culturales, y representar a un mexicano con un enorme sombrero y un poblado mostacho es equiparable a golpear con una barra de hierro a ese mismo mexicano, los enemigos del humor han alcanzado su último objetivo. Cautiva y desarmada, agotada por una sociedad triste, plomiza y revanchista, la risa ha muerto.
Después se proscribieron las coñas sobre judíos en campos de exterminio, cámaras de gas y crematorios, a no ser que se hicieran con la mirada tierna de un bufón italiano propenso a la exageración facial.
Más tarde vino la prohibición tácita de reírnos de negros, chinos, gitanos y cualquier otra minoría étnica que se viera agredida y ridiculizada a través de ese concepto difícilmente aprehensible conocido como ‘humor’.
Los chistes de mariquitas terminaron con su carrera
Objetos jurídicos como la monarquía quedaron amparados de los ataques de humoristas de una manera especial y su aforamiento cómico se limitó a las portadas de las publicaciones satíricas, que podían ser contempladas por todos los ciudadanos.
No hay que explicar que los chistes de gangosos, tullidos y ciegos habían dejado de ser populares hacía años, puesto que se burlaban de una buena parte de la población que merece el mismo trato y consideración que el resto de nosotros.
Ahora que tampoco se pueden hacer bromas sobre estereotipos culturales, y representar a un mexicano con un enorme sombrero y un poblado mostacho es equiparable a golpear con una barra de hierro a ese mismo mexicano, los enemigos del humor han alcanzado su último objetivo. Cautiva y desarmada, agotada por una sociedad triste, plomiza y revanchista, la risa ha muerto.
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