El otro día, en ese viaje al pasado en pequeñas píldoras que es Cachitos aparecieron Coque Malla y el resto de Los Ronaldos, finales de los ochenta y decorado destartalado de cualquier programa de TVE de la época, cantando lo de "Tendría que besarte, desnudarte, pegarte y luego violarte hasta que digas sí". Aunque en realidad la canción ya no sea así. Un cuarto de siglo después, y cuando creíamos que lo de "sociedad madura" iba por nosotros, lo que suena en la televisión pública, a las diez y pico de la noche de un domingo, es "Tendría que besarte, desnudarte, (piiiii) y luego (piiiii) hasta que digas sí".
Nadie duda de que el "mi marido me pega" de Martes y Trece no pasaría hoy ningún filtro políticamente correcto. Y que Nabokov compartiría celda con el pederasta de Ciudad Lineal si se le ocurriera volver a escribir Lolita. Hace tiempo nos empezaron a tratar como a críos y nos dejamos hacer obnubilados con el feliz y despreocupado regreso a la infancia que eso suponía. Tanto que, creyéndonos ya tiernos infantes a los que hay que proteger de cualquier peligro y que se creen cualquier cosa, nos cuentan, por ejemplo, que yo no sabía que esto de las tarjetas no se podía hacer, se lo juro señor juez. Dará igual que no los creamos. Seguirán insistiendo. Hasta que digamos sí.
jueves, 16 de octubre de 2014
miércoles, 10 de septiembre de 2014
Saber y ganar (puntos)
Me cuesta recordar un concurso más absurdo que Allá tú (Deal or No Deal si nos vamos al original norteamericano), que presentó hace unos años ese Dorian Gray de El Ferrol llamado Jesús Vázquez. En él, los concursantes, convenientemente salidos de un casting en el que demostraban su salero ante las cámaras y su presunta gracia, podían ganar hasta 600.000 euros (juraría que era esa la cantidad) abriendo cajas. Sin más. No tenían más que elegir de entre un montón de recipientes e ir descartando números hasta hacerse con su contenido. Sin pruebas complejas, sin preguntas ambiguas, sin ninguna necesidad de esfuerzo intelectual. "¿Quieres tu caja o prefieres otra?" "Me quedo con la número 8". "Pues aquí tienes, has ganado 30.000 euros". Más o menos en eso consistía ese programa.
Esta exhibición de poderío económico a cambio de nada (de una pizca de eso que llaman 'fortuna', sin más) contrasta con la forma en la que se trata al dinero en Saber y ganar, el más veterano de los concursos de nuestro país. Existe una especie de acuerdo en él para no mencionar jamás que lo que consiguen los cerebritos que participan en él exhibiendo una cultura inagotable es dinero. Pesetas antes, euros ahora. Panoja fresca. En Saber y ganar se habla de 'puntos' como eufemismo de ese concepto prohibido que muy pocas veces sale a relucir en algún programa.
No sé de donde viene ese pudor a la hora de reconocer que el premio por demostrar una sabiduría colosal se trata de dinero (por supuesto que es dinero, ¿qué va a ser si no?), mientras que no hay ningún tabú al mostrar que un mastuerzo que probablemente no se sacó el graduado se embolsa 300.000 euros por elegir la caja ganadora. Para alcanzar esa cifra, por cierto, un concursante de Saber y ganar necesitaría participar durante unos 500 programas.
A Isabel Pantoja (el retorno), AKA Chabelita, le pagarán 900 euros por cada programa en el que se aparezca a los espectadores, curados ya definitivamente de espantos. Mientras, una generación entera de licenciados (y los que llegarán) ni siquiera pueden concebir que alguien les pague esa cantidad por una jornada laboral de 50 horas, y proliferan las ofertas en las que la recompensa por trabajar gratis es alimentar la esperanza de que algún día verán unas migajas en sus cuentas corrientes. Será que, según de quien se trate, hablar de dinero ha pasado a ser una obscenidad. En el futuro, supongo, nos pagarán con puntos.
Esta exhibición de poderío económico a cambio de nada (de una pizca de eso que llaman 'fortuna', sin más) contrasta con la forma en la que se trata al dinero en Saber y ganar, el más veterano de los concursos de nuestro país. Existe una especie de acuerdo en él para no mencionar jamás que lo que consiguen los cerebritos que participan en él exhibiendo una cultura inagotable es dinero. Pesetas antes, euros ahora. Panoja fresca. En Saber y ganar se habla de 'puntos' como eufemismo de ese concepto prohibido que muy pocas veces sale a relucir en algún programa.
No sé de donde viene ese pudor a la hora de reconocer que el premio por demostrar una sabiduría colosal se trata de dinero (por supuesto que es dinero, ¿qué va a ser si no?), mientras que no hay ningún tabú al mostrar que un mastuerzo que probablemente no se sacó el graduado se embolsa 300.000 euros por elegir la caja ganadora. Para alcanzar esa cifra, por cierto, un concursante de Saber y ganar necesitaría participar durante unos 500 programas.
A Isabel Pantoja (el retorno), AKA Chabelita, le pagarán 900 euros por cada programa en el que se aparezca a los espectadores, curados ya definitivamente de espantos. Mientras, una generación entera de licenciados (y los que llegarán) ni siquiera pueden concebir que alguien les pague esa cantidad por una jornada laboral de 50 horas, y proliferan las ofertas en las que la recompensa por trabajar gratis es alimentar la esperanza de que algún día verán unas migajas en sus cuentas corrientes. Será que, según de quien se trate, hablar de dinero ha pasado a ser una obscenidad. En el futuro, supongo, nos pagarán con puntos.
miércoles, 27 de agosto de 2014
domingo, 24 de agosto de 2014
Róbeme lo que quiera pero no me llame imbécil
Perdono casi todo a los políticos. Me enfado mucho cuando escucho en los informativos la manera en la que priorizan su propio bienestar al supuesto interés público al que fingen prestar servicio. Me indigno como el que más con el desvío de fondos a sus cuentas corrientes suizas y las donaciones sin ningún tipo de control a compañeros de partido o compañeros de pupitre. Me enerva la chulería que desprenden en sus declaraciones, pontificando desde una posición de absoluto privilegio y sin pensar en absoluto en el ciudadano medio, ese ente difuso que finalmente es quien le sitúa con sus votos en el cargo que ocupan.
Pero ya digo que termino perdonándoselo casi todo. ¿Qué quieren que les diga? Son humanos, como yo, como ustedes, y supongo que es difícil escapar a la tentación de utilizar en su favor el poder inmenso que les entregamos a cambio de casi nada.
Hay una excepción a todo esto. Lo que no perdono es que me traten como a un idiota. Que, además de hacer y deshacer a su antojo, de enriquecerse y enriquecer al vecino, de utilizar cualquier resorte para perpetuarse en su posición, me quieran hacer comulgar con ruedas de molino pensando que soy gilipollas.
Andan Mariano y su partido muy preocupados por la salud democrática del país y para solucionarlo están dispuestos a modificar sin ningún tipo de consenso la ley electoral para que los alcaldes pasen a ser elegidos por simple mayoría, y no por cualquier tipo de pacto postelectoral que se produzca entre partidos que no han logrado el mayor número de votos. La medida, sensata y discutible en cualquier momento, deja automáticamente de serlo cuando se produce con las próximas elecciones municipales a la vista y después de que el terremoto de los pasados comicios europeos haya puesto en alerta al PP: con el nuevo escenario electoral que dibuja la entrada de Podemos y las actuales previsiones de voto, los populares dejarían de gobernar en ayuntamientos estratégicos si se mantiene el reparto de concejales que existe hasta ahora. La solución, burda y descarada, es proponer este cambio en las reglas del juego y disfrazarlo de medida regeneradora y garante de la democracia.
Entendería que Mariano compareciera en el plasma y nos dijera algo como “ciudadanos, a la vista de la progresiva pérdida de confianza de los dos grandes partidos de nuestro país, y para mantener en nuestro poder una cuota de poder que podría caer en otras manos fruto de pactos perfectamente legales, nos vemos obligados a modificar por nuestra cuenta la ley y hacer así que la llegada de partidos minoritarios a los ayuntamientos sea mucho más complicada que hasta ahora”. Con un discurso como este me conquistaría. Lo juro. Pero esta cosa de llamarme estúpido a la cara y tratar de engañarme como a un niño pequeño… Eso no lo perdono, Mariano. Eso, no.
Pero ya digo que termino perdonándoselo casi todo. ¿Qué quieren que les diga? Son humanos, como yo, como ustedes, y supongo que es difícil escapar a la tentación de utilizar en su favor el poder inmenso que les entregamos a cambio de casi nada.
Hay una excepción a todo esto. Lo que no perdono es que me traten como a un idiota. Que, además de hacer y deshacer a su antojo, de enriquecerse y enriquecer al vecino, de utilizar cualquier resorte para perpetuarse en su posición, me quieran hacer comulgar con ruedas de molino pensando que soy gilipollas.
Andan Mariano y su partido muy preocupados por la salud democrática del país y para solucionarlo están dispuestos a modificar sin ningún tipo de consenso la ley electoral para que los alcaldes pasen a ser elegidos por simple mayoría, y no por cualquier tipo de pacto postelectoral que se produzca entre partidos que no han logrado el mayor número de votos. La medida, sensata y discutible en cualquier momento, deja automáticamente de serlo cuando se produce con las próximas elecciones municipales a la vista y después de que el terremoto de los pasados comicios europeos haya puesto en alerta al PP: con el nuevo escenario electoral que dibuja la entrada de Podemos y las actuales previsiones de voto, los populares dejarían de gobernar en ayuntamientos estratégicos si se mantiene el reparto de concejales que existe hasta ahora. La solución, burda y descarada, es proponer este cambio en las reglas del juego y disfrazarlo de medida regeneradora y garante de la democracia.
Entendería que Mariano compareciera en el plasma y nos dijera algo como “ciudadanos, a la vista de la progresiva pérdida de confianza de los dos grandes partidos de nuestro país, y para mantener en nuestro poder una cuota de poder que podría caer en otras manos fruto de pactos perfectamente legales, nos vemos obligados a modificar por nuestra cuenta la ley y hacer así que la llegada de partidos minoritarios a los ayuntamientos sea mucho más complicada que hasta ahora”. Con un discurso como este me conquistaría. Lo juro. Pero esta cosa de llamarme estúpido a la cara y tratar de engañarme como a un niño pequeño… Eso no lo perdono, Mariano. Eso, no.
lunes, 18 de agosto de 2014
El pasado ya está aquí
“Quizás tú hayas acabado con el pasado pero el pasado aún no ha acabado contigo”, dicen durante Magnolia, el excesivo -en todos los sentidos- largometraje de Paul Thomas Anderson.
El pasado como cuenta pendiente, como imprevisible puñetazo en el estómago que te golpea cuando ya te habías olvidado de él, es argumento habitual en el cine y también en la sección judicial del Telediario. A ella accedía hace unas semanas por la puerta grande (una pequeñita le valía también a nuestro protagonista) Jordi Pujol, eterno president de la Generalitat catalana, recurrente objeto de burla de cómicos profesionales y aspirantes a humoristas y figura clave de las tres o cuatro últimas décadas de nuestra historia patria común.
Después de más de treinta años oculto y lejos de las manos del fisco, el pasado del honorable reapareció a su pesar para poner la guinda a todas las informaciones que durante años habían apuntado a las dudosas artes de varios de sus hijos en todo tipo de negocios, chanchullos y corruptelas.
La confesión de Jordi Pujol de que había olvidado declarar varios millones de euros durante un período de tiempo tan prolongado venía ilustrada en periódicos y televisiones con fotografías, por lo general añejas en las que el político, ya retirado, aparecía junto a alguno o varios de sus hijos. Y, entre todo ese viaje al pasado pujolesco, una se abría paso por méritos propios.
El pasado, testarudo y persistente, volvió a la vida de Pujol de la mano de ese remedo de domador ibicenco que posa ignorante de que se convertirá en involuntaria celebridad años más tarde. Si una imagen vale más que mil palabras, el valor de una foto como esta no se acerca a la fortuna amasada durante años por el pequeño president allende los Pirineos.
El pasado son millones escondidos en bancos andorranos o suizos, pero sobre todo son esas fotografías que nos avergüenzan cuando las vemos fuera de su contexto original, suficientemente alejadas en el tiempo y casi desvanecidas en nuestra frágil memoria. Cualquier tiempo pasado fue mejor, sobre todo cuando nadie investigaba tus cuentas ni tenías que ver constantemente aquella foto que te hicieron con un maromo descamisado al lado.
El pasado como cuenta pendiente, como imprevisible puñetazo en el estómago que te golpea cuando ya te habías olvidado de él, es argumento habitual en el cine y también en la sección judicial del Telediario. A ella accedía hace unas semanas por la puerta grande (una pequeñita le valía también a nuestro protagonista) Jordi Pujol, eterno president de la Generalitat catalana, recurrente objeto de burla de cómicos profesionales y aspirantes a humoristas y figura clave de las tres o cuatro últimas décadas de nuestra historia patria común.
Después de más de treinta años oculto y lejos de las manos del fisco, el pasado del honorable reapareció a su pesar para poner la guinda a todas las informaciones que durante años habían apuntado a las dudosas artes de varios de sus hijos en todo tipo de negocios, chanchullos y corruptelas.
La confesión de Jordi Pujol de que había olvidado declarar varios millones de euros durante un período de tiempo tan prolongado venía ilustrada en periódicos y televisiones con fotografías, por lo general añejas en las que el político, ya retirado, aparecía junto a alguno o varios de sus hijos. Y, entre todo ese viaje al pasado pujolesco, una se abría paso por méritos propios.
El pasado, testarudo y persistente, volvió a la vida de Pujol de la mano de ese remedo de domador ibicenco que posa ignorante de que se convertirá en involuntaria celebridad años más tarde. Si una imagen vale más que mil palabras, el valor de una foto como esta no se acerca a la fortuna amasada durante años por el pequeño president allende los Pirineos.
El pasado son millones escondidos en bancos andorranos o suizos, pero sobre todo son esas fotografías que nos avergüenzan cuando las vemos fuera de su contexto original, suficientemente alejadas en el tiempo y casi desvanecidas en nuestra frágil memoria. Cualquier tiempo pasado fue mejor, sobre todo cuando nadie investigaba tus cuentas ni tenías que ver constantemente aquella foto que te hicieron con un maromo descamisado al lado.
martes, 12 de agosto de 2014
lunes, 21 de julio de 2014
No Georgie, no fun
Hace unas semanas lo dejaba caer en una entrevista publicada en La Voz de Galicia. Georgie Dann tenía ya preparada la canción con la que asaltaría las listas musicales del verano de 2014. Un tema de corte social, como los que acostumbra a componer el genio de sangre gala y alma española, y de revelador título: La cosa está que trina. Por muchos dramas que asolaran el planeta, de Gaza a Ucrania, de Génova 13 a Maracaná, al menos la vida nos regalaría una dosis de evasión con la que seguir pensando que sí, que el final está cerca, pero que al menos llegaremos a él con un buen cardado capilar, una sonrisa en la boca y arrimando cachete con cachete y ombligo con ombligo.
Sin embargo, julio toca a su fin, la canícula aprieta y seguimos sin noticias de la nueva piedra con la que el artista parisino continúe edificando su colosal obra. Es verdad que los gloriosos tiempos del bimbó, el negro impotente o el himno dedicado al chiringuito playero (su particular magnum opus) quedan lejanos en el tiempo. Son ruinas desgastadas de un esplendor pretérito que, como el Egipto de los faraones y la Grecia presocrática, nunca volverá a brillar de igual forma.
¡Os maldigo a todos! ¡Maldigo las guerras! ¡OS MALDIGO!
Dann, con todo, nos había acostumbrado a sus periódicas entregas de melodías insistentemente pegadizas que, en combinación letal con unas letras picaruelas y sus espasmódicas coreografías, nos hacían salivar cual vulgares y pavlovianos chuchos. Es cierto que nadie (reconozcámoslo, puede que ni el mismo Georgie) recuerde La batidora y La cerveza, los dos jits que lanzó en 2012 y 2013 como prueba de vida este septuagenario que tiene en las rimas fáciles y en su azabachado tinte sus señas de identidad más reconocibles. Nadie las recuerda pero existieron como certificado de la normalidad con la que avanza el mundo, como paréntesis necesario entre matanzas, hambrunas y guerras.
Cuando el verano de 2014 ha consumido ya su primer mes de su corta vida, cuando el final del mes de julio se atisba en el horizonte y muchos españoles (afortunados ellos, eso sí) han quemado ya todos sus días de vacaciones, el hecho de que sigamos sin canción de Georgie Dann sólo puede significar una cosa: el final de todo cuanto conocemos está mucho más cerca de lo que podíamos pensar.
La cosa, definitivamente, está que trina.
Sin embargo, julio toca a su fin, la canícula aprieta y seguimos sin noticias de la nueva piedra con la que el artista parisino continúe edificando su colosal obra. Es verdad que los gloriosos tiempos del bimbó, el negro impotente o el himno dedicado al chiringuito playero (su particular magnum opus) quedan lejanos en el tiempo. Son ruinas desgastadas de un esplendor pretérito que, como el Egipto de los faraones y la Grecia presocrática, nunca volverá a brillar de igual forma.
¡Os maldigo a todos! ¡Maldigo las guerras! ¡OS MALDIGO!
Dann, con todo, nos había acostumbrado a sus periódicas entregas de melodías insistentemente pegadizas que, en combinación letal con unas letras picaruelas y sus espasmódicas coreografías, nos hacían salivar cual vulgares y pavlovianos chuchos. Es cierto que nadie (reconozcámoslo, puede que ni el mismo Georgie) recuerde La batidora y La cerveza, los dos jits que lanzó en 2012 y 2013 como prueba de vida este septuagenario que tiene en las rimas fáciles y en su azabachado tinte sus señas de identidad más reconocibles. Nadie las recuerda pero existieron como certificado de la normalidad con la que avanza el mundo, como paréntesis necesario entre matanzas, hambrunas y guerras.
Cuando el verano de 2014 ha consumido ya su primer mes de su corta vida, cuando el final del mes de julio se atisba en el horizonte y muchos españoles (afortunados ellos, eso sí) han quemado ya todos sus días de vacaciones, el hecho de que sigamos sin canción de Georgie Dann sólo puede significar una cosa: el final de todo cuanto conocemos está mucho más cerca de lo que podíamos pensar.
La cosa, definitivamente, está que trina.
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