El chef Tony lleva años presentando desde ese milagro llamado teletienda los más diversos utensilios para la cocina. Son artículos que nunca has creído necesarios pero que en sus manos se revelan como indispensables. Compre, compre, compre, sólo 39 con 99. Y si llama ahora le regalamos otro igual. Quizás las estrellas de su catálogo sean los cuchillos dignos de los samuráis que con su mágica aleación permiten cortar un tomate en finísimas rodajas para a continuación arremeter contra una lata de Pepsi o un tornillo del calibre 22, en el caso de que alguien necesite rebanar metal en un momento dado. Tony, acompañado por la presentadora del programa, una pequeña y sonriente mujer con aspecto de vecina cotilla de Wisteria Lane, utiliza todos y cada uno de los cuchillos que componen el juego para dejar clara su polivalencia. Este para cortar el pan, otro para deshuesar la carne, uno más para trinchar el pavo, aquel para las verduras... ¿Todavía no tiene esos cuchillos? No me sea y llame al número que aparece en pantalla, no se arrepentirá.
El domingo madrugué más de lo deseado y, abrumado por el silencio que me envolvía, encendí la televisión. Llegué a uno de los canales que se alimentan de teletiendas hasta que la gente respetable desayuna y me topé con Tony. Mantenía su bigote, estaba un poco más fondón, la cocina había cambiado, al igual que su compañera, más joven pero igual de entusiasta que la anterior, pero en esencia todo era igual. En el programa que vi, el chef Tony cortaba apio, zanahorias, pollo y hasta latas de Pepsi con unas tijeras. Nada de cuchillos. Los cuchillos son ahora un engorro, dice. ¿Quién quiere tener una multitud de cuchillos abarrotando cajones si con unas simples tijeras consigues lo mismo? Por no hablar de la guarrada de cortar los alimentos sobre una tabla de madera que absorbe todos los olores. Los cuchillos son de bárbaros. Miren, miren lo poco que tardo en hacer esta deliciosa ensalada con ayuda de mis tijeras.
Seguí viendo durante un buen rato las elaboraciones del chef Tony, y mientras pensaba que todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión, también me preguntaba quién me iba a devolver el dinero de los cuchillos.
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lunes, 21 de mayo de 2018
lunes, 18 de enero de 2016
Príncipes y reinas y viceversa
El último
rifirrafe del día termina, el plató apaga las luces y las criaturas que durante
todo el día han poblado de chismes la parrilla televisiva descansan durante unas horas en la habitación que comparten al terminar sus preindustriales jornadas laborales.
¡Pero silencio!
¡Despertaréis a Belén, la primera en abrazar el sueño después de horas de
gritos, llantos y carcajadas! Justo en las literas de enfrente, los dos Kikos
apuran los últimos minutos del día compartiendo por whatsapp los
cotilleos que se quedaron sin espacio. A su alrededor, ya en pijama y con los
dientes limpios, el resto de colaboradores habituales con los que conviven 24
horas diarias. Un poco más allá, en el rincón donde se apilan cintas viejas de
los tiempos de las Mama Chicho, es donde descansan los invitados secundarios
que durante algunas semanas se dedican a rellenar huecos de la programación.
Son los exnovios, los familiares lejanos y los vecinos de los protagonistas de
las informaciones. También ellos deben permanecer de guardia en Telecinco para
aparecer en cualquier programa en cuanto su presencia es necesaria.
La habitación ya
está en silencio. El eco del tráfico de la autovía se convierte en un murmullo
que apacigua a las bestias. A esas horas de póker, brujas y teletiendas, la
puerta se abre por última vez y permite entrever el rostro que se asoma a ver
esta hermosa fraternidad. Paolo Vasile mira con ternura su creación mientras
susurra, para no despertar a nadie, la letanía de cada madrugada:
-Buenas noches,
príncipes de Gran Hermano, reyes de Sálvame Deluxe.
viernes, 2 de enero de 2015
Elogio de 'Sálvame'
La escena corresponde a uno de los últimos programas de Sálvame Deluxe emitidos en 2014.
El protagonista de la noche trata de escurrir el bulto y habla de echadores de cartas y de rumores que ha oído sobre visitas de su famoso conocido a profesionales de lo oculto, mientras con una media sonrisa indica que no está dispuesto a contestar a esa cuestión de la manera acordada.
El invitado se somete a la prueba del polígrafo para que los colaboradores conozcan el grado de veracidad que cumple respecto a su misión en este espectáculo: narrar con todo lujo de detalles la vida de la celebridad de segunda que tiene la suerte de conocer y que le permite ser 'reina por un día' ante cientos de miles de espectadores y llevarse de paso una moderada cantidad de dinero.
Jorge Javier lanza la pregunta: ¿Es cierto que X recurre a la magia negra para hacer daño a sus enemigos?
El protagonista de la noche trata de escurrir el bulto y habla de echadores de cartas y de rumores que ha oído sobre visitas de su famoso conocido a profesionales de lo oculto, mientras con una media sonrisa indica que no está dispuesto a contestar a esa cuestión de la manera acordada.
La respuesta no convence al coro griego que se sitúa frente a él. Los Kikos comienzan a graznar, Belén Esteban tuerce (aún más) su esculpido rostro. Y, entonces, María Patiño resume con su interpelación al invitado toda la esencia de un programa necesario para el espectro televisivo patrio.
-¡Hombre, Fulanito, VAMOS A SER SERIOS!
Ahora que la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia ha advertido de los contenidos inadecuados que pueblan este programa-río a lo largo de la tarde, y que chocan con los presuntos gustos y sensibilidades de los niños que pueden encontrarse frente a él, es más necesario que nunca arrancarse cualquier prejuicio y luchar por su supervivencia.
Quienes atacan Sálvame por los gritos, escándalos, insultos, desnudos gratuitos, sexo explícito, desmayos, violencia encubierta (y no encubierta), obscenidades, eructos, chabacanería desbocada, fluidos corporales de todo tipo y cualquier mención imaginable a los más bajos instintos que nos definen como seres humanos se niegan a ver el grandioso bosque que se oculta tras los árboles cubiertos de mierda que lo forman.
No es cuestión de hacer una defensa de Sálvame con el discurso de "cada uno que vea lo que quiera", que en gran medida sería válido en un mercado privatizado donde las cadenas de televisión deberían luchar con las armas que eligieran para batirse en la arena de las audiencias. No basta con eso. No debería bastar.
Como cualquier gran obra literaria en la que aún más importante que lo que se lee es lo que flota por debajo de la historia, ese subtexto que cala en el alma del lector sin que apenas lo perciba, en Sálvame no debemos quedarnos con las aguas mayores de Amador Mohedano en la playa o en los cuernos de una presentadora, un cantante o un registrador de la propiedad. No. Qué va.
Cuando María Patiño conmina al invitado a responder CON SERIEDAD a una pregunta relacionada con magia negra y brujos está redefiniendo el lenguaje con el que estábamos habituados a lidiar. Adentrarse en la ensoñación que supone un solo programa de Sálvame es hacerlo en un terreno inédito hasta ahora en la televisión. Un territorio minado donde, a fuerza de estirar el concepto de la ironia, los colaboradores (y Jorge Javier, por supuesto), lo han dotado de una entidad diferente. La línea imaginaria que conectaría, digamos, la máxima seriedad con la chufla más liviana se pliega en el plató de Sálvame de forma sucesiva hasta quedar convertida en un punto donde todo tiene cabida.
Es ahí, en ese punto minúsculo a punto de estallar como un Big Bang latente de cotilleos y gritos, donde se encuentra la verdadera esencia de un programa que no se parece a nada más. Un milagro de la televisión que únicamente tiene sentido en la cadena que lo acoge y que nunca debería desaparecer. Aunque sea solamente para recordarnos quiénes somos realmente.
Ahora que la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia ha advertido de los contenidos inadecuados que pueblan este programa-río a lo largo de la tarde, y que chocan con los presuntos gustos y sensibilidades de los niños que pueden encontrarse frente a él, es más necesario que nunca arrancarse cualquier prejuicio y luchar por su supervivencia.
La Patrulla X de la metatelevisión española
No es cuestión de hacer una defensa de Sálvame con el discurso de "cada uno que vea lo que quiera", que en gran medida sería válido en un mercado privatizado donde las cadenas de televisión deberían luchar con las armas que eligieran para batirse en la arena de las audiencias. No basta con eso. No debería bastar.
Como cualquier gran obra literaria en la que aún más importante que lo que se lee es lo que flota por debajo de la historia, ese subtexto que cala en el alma del lector sin que apenas lo perciba, en Sálvame no debemos quedarnos con las aguas mayores de Amador Mohedano en la playa o en los cuernos de una presentadora, un cantante o un registrador de la propiedad. No. Qué va.
Cuando María Patiño conmina al invitado a responder CON SERIEDAD a una pregunta relacionada con magia negra y brujos está redefiniendo el lenguaje con el que estábamos habituados a lidiar. Adentrarse en la ensoñación que supone un solo programa de Sálvame es hacerlo en un terreno inédito hasta ahora en la televisión. Un territorio minado donde, a fuerza de estirar el concepto de la ironia, los colaboradores (y Jorge Javier, por supuesto), lo han dotado de una entidad diferente. La línea imaginaria que conectaría, digamos, la máxima seriedad con la chufla más liviana se pliega en el plató de Sálvame de forma sucesiva hasta quedar convertida en un punto donde todo tiene cabida.
Es ahí, en ese punto minúsculo a punto de estallar como un Big Bang latente de cotilleos y gritos, donde se encuentra la verdadera esencia de un programa que no se parece a nada más. Un milagro de la televisión que únicamente tiene sentido en la cadena que lo acoge y que nunca debería desaparecer. Aunque sea solamente para recordarnos quiénes somos realmente.
miércoles, 18 de junio de 2014
Nueva temporada
Hace más o menos 15 años la cadena estadounidense HBO comenzaba a emitir Los Soprano, la serie centrada en un jefe de la mafia acuciado por los problemas que le generaban sus dos familias, la de sangre y la honor, y que se veía obligado a acudir a terapia para evitar sus frecuentes ataques de ansiedad. Los Soprano, junto a The Wire o A dos metros bajo tierra (también obras de la HBO) son las puntas de lanza más visibles de lo que algunos se han empeñado en bautizar como ‘la nueva edad de oro de la televisión’ y a la que se han ido sumando títulos como Mad Men, Breaking Bad y, de acuerdo, también Juego de Tronos.
Durante todos estos años la fiebre por las series ha crecido de manera exponencial y nos hemos convertido en auténticos dependientes de la ración semanal que protagonizaban los estrellados del vuelo Oceanic 815 o un Sherlock Holmes reconvertido en mago de la medicina y adicto a la vicodina. Nadie habla ya de la última película de Spielberg, pero sí de la season finale de The Walking Dead o del S03E14 de 24.
¿Qué nos ha ocurrido? ¿Son estas series, de verdad, TAN MARAVILLOSAS? La respuesta nos la ha servido en bandeja Pablo Iglesias (el nuevo, no el muerto), insospechado fan de Juego de Tronos que incluso es el coautor de un ensayo que analiza la obra parida por George R. R. Martin. En él, los juegos de poder de la Khalessi o de Tyrion Lannister son traducidos al contexto político actual y, oigan, ¡todo cuadra!
¿A qué viene ese interés repentino por estas historias fragmentadas que descargamos vía torrent o, en el peor de los casos, consumimos directamente de la televisión? Prepárense para la realidad y adquieran el mismo rostro que Jim Carrey al final de El show de Truman, porque también nosotros somos los protagonistas (los tristes extras, en realidad) de uno de estos productos. Nos interesan las series porque, de manera inconsciente, sabemos que somos parte de ellas, que compartimos un plano de ficción que nos resistimos a aceptar.
¿No les pareció extraño que el presidente del Gobierno optara por aparecer ante los medios de comunicación desde el interior de una televisión? ¿Acaso se piensan que una figura tan arquetípicamente mafiosa como la que exhibía Luis Bárcenas puede encontrarse en la realidad? ¿El despropósito de los sucesivos secretarios generales (y aspirantes al puesto) del PSOE tienen sentido más allá de una sitcom con risas enlatadas? ¿No son personajes de ficción –piénsenlo, SÓLO PUEDEN ENTENDERSE DESDE LA FICCIÓN– Cristóbal Montoro, Rita Barberá, Ana Botella, Pepe Blanco o el mismísimo Pablo Iglesias?
Season premiere de la primera temporada
Hoy, de hecho, estrenamos una nueva temporada, en la que el argumento no variará salvo en pequeños detalles y en algún cambio de cara obligado. Ni los actores más consolidados pueden interpretar eternamente el mismo personaje.
Durante todos estos años la fiebre por las series ha crecido de manera exponencial y nos hemos convertido en auténticos dependientes de la ración semanal que protagonizaban los estrellados del vuelo Oceanic 815 o un Sherlock Holmes reconvertido en mago de la medicina y adicto a la vicodina. Nadie habla ya de la última película de Spielberg, pero sí de la season finale de The Walking Dead o del S03E14 de 24.
¿Qué nos ha ocurrido? ¿Son estas series, de verdad, TAN MARAVILLOSAS? La respuesta nos la ha servido en bandeja Pablo Iglesias (el nuevo, no el muerto), insospechado fan de Juego de Tronos que incluso es el coautor de un ensayo que analiza la obra parida por George R. R. Martin. En él, los juegos de poder de la Khalessi o de Tyrion Lannister son traducidos al contexto político actual y, oigan, ¡todo cuadra!
¿A qué viene ese interés repentino por estas historias fragmentadas que descargamos vía torrent o, en el peor de los casos, consumimos directamente de la televisión? Prepárense para la realidad y adquieran el mismo rostro que Jim Carrey al final de El show de Truman, porque también nosotros somos los protagonistas (los tristes extras, en realidad) de uno de estos productos. Nos interesan las series porque, de manera inconsciente, sabemos que somos parte de ellas, que compartimos un plano de ficción que nos resistimos a aceptar.
¿No les pareció extraño que el presidente del Gobierno optara por aparecer ante los medios de comunicación desde el interior de una televisión? ¿Acaso se piensan que una figura tan arquetípicamente mafiosa como la que exhibía Luis Bárcenas puede encontrarse en la realidad? ¿El despropósito de los sucesivos secretarios generales (y aspirantes al puesto) del PSOE tienen sentido más allá de una sitcom con risas enlatadas? ¿No son personajes de ficción –piénsenlo, SÓLO PUEDEN ENTENDERSE DESDE LA FICCIÓN– Cristóbal Montoro, Rita Barberá, Ana Botella, Pepe Blanco o el mismísimo Pablo Iglesias?
Season premiere de la primera temporada
Hoy, de hecho, estrenamos una nueva temporada, en la que el argumento no variará salvo en pequeños detalles y en algún cambio de cara obligado. Ni los actores más consolidados pueden interpretar eternamente el mismo personaje.
miércoles, 15 de enero de 2014
Mocito reloaded
Durante un par de segundos no entendí con claridad lo que había aparecido en la pantalla. Estaba al fondo, detrás del protagonista de la noticia, como siempre cuando consigue aparecer en plano. Los ojos pequeños y huidizos, la poblada barba, la pose entre incrédula e indiferente, como de ‘yo es que pasaba por aquí’. Le había visto docenas de veces antes, y por esa razón esta vez casi pasa desapercibido ante mis ojos.
En el Telediario, entre la Infanta y los chanchullos del pequeño Pujol, una pequeña información sobre los ERE de Andalucía. El monográfico diario sobre la corrupción de nuestra piel de toro. El imputado abandona el juzgado entre las cámaras y a unos metros, como quien no quiere la cosa, él. Mocito Feliz. Atento a la jugada. Expectante mientras el declarante de turno busca un taxi en el que protegerse de los periodistas. También él ha visto la necesidad de reciclarse en estos tiempos en los que los jueces y los fiscales son más famosos que las estrellas de la prensa rosa. Si antes no se perdía una boda de la rancia aristocracia andaluza y tenía tatuada la agenda de la Duquesa de Alba, ahora ha tenido que especializarse en procesos de instrucción y cohecho impropio.
Tranquilos, que tengo plano para todos.
Le recuerdo en una de las salidas de Julián Muñoz de la cárcel. Se abrieron las puertas de Alhaurín de la Torre y juro que vi aparecer al lado del exalcalde, como si de su guardaespaldas se tratara, a Mocito. Supongo que su papel de animador comenzó a mutar en aquella ocasión. Sería entonces cuando se dio cuenta de que el futuro ya no estaba en Fran Rivera, sino en Ortega Cano.
Cuando me imputen, ojalá vaya a verme Mocito Feliz a la puerta del juzgado.
En el Telediario, entre la Infanta y los chanchullos del pequeño Pujol, una pequeña información sobre los ERE de Andalucía. El monográfico diario sobre la corrupción de nuestra piel de toro. El imputado abandona el juzgado entre las cámaras y a unos metros, como quien no quiere la cosa, él. Mocito Feliz. Atento a la jugada. Expectante mientras el declarante de turno busca un taxi en el que protegerse de los periodistas. También él ha visto la necesidad de reciclarse en estos tiempos en los que los jueces y los fiscales son más famosos que las estrellas de la prensa rosa. Si antes no se perdía una boda de la rancia aristocracia andaluza y tenía tatuada la agenda de la Duquesa de Alba, ahora ha tenido que especializarse en procesos de instrucción y cohecho impropio.
Tranquilos, que tengo plano para todos.
Le recuerdo en una de las salidas de Julián Muñoz de la cárcel. Se abrieron las puertas de Alhaurín de la Torre y juro que vi aparecer al lado del exalcalde, como si de su guardaespaldas se tratara, a Mocito. Supongo que su papel de animador comenzó a mutar en aquella ocasión. Sería entonces cuando se dio cuenta de que el futuro ya no estaba en Fran Rivera, sino en Ortega Cano.
Cuando me imputen, ojalá vaya a verme Mocito Feliz a la puerta del juzgado.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
viernes, 22 de marzo de 2013
Sanfermines de imputados
Son las nueve de la mañana y una muchedumbre se agolpa junto al portal. Las cámaras registran todo lo que ocurre alrededor y los vecinos sortean a los periodistas mientras tratan de entrar o salir de sus viviendas. A la hora prevista ("es extremadamente puntual", nos recuerdan) aparece en la puerta el objeto de deseo de los medios. Docenas de personas están frente a él, le cubren la cara con los micrófonos, le gritan, le jalean para que haga alguna declaración (lo que sea, nos da igual, DIGA ALGO), pero él no se inmuta. Avanza de manera firme y provoca en toda esa gente un efecto similar al que Charlton Heston lograba ante al Mar Rojo. Lo que antes era una masa compacta se convierte en los dos flancos de un pasillo que lo escolta hasta el coche, que espera, paciente, a apenas diez metros del portal. Sube al vehículo y se aleja con premura de su casa.
Y deja a los periodistas con la tarea de comentar la jugada. "Ha sido una salida fugaz, no ha hecho declaraciones y se ha marchado en dirección a la Audiencia". "¿Podemos ver las imágenes de nuevo?", preguntan desde el plató. Lo cierto es que no hay mucho que ver. Han sido diez, quince segundos como máximo, pero hay que rellenar varias horas de programa. "¿Cómo han visto hoy al señor Bárcenas?", pregunta Susanna Griso a los tertulianos que la acompañan esa mañana. Mientras responden, las mismas imágenes, una y otra vez.
Ha sido un encierro rápido y limpio. Mañana, otro. Ganadería Urdangarin.
Y deja a los periodistas con la tarea de comentar la jugada. "Ha sido una salida fugaz, no ha hecho declaraciones y se ha marchado en dirección a la Audiencia". "¿Podemos ver las imágenes de nuevo?", preguntan desde el plató. Lo cierto es que no hay mucho que ver. Han sido diez, quince segundos como máximo, pero hay que rellenar varias horas de programa. "¿Cómo han visto hoy al señor Bárcenas?", pregunta Susanna Griso a los tertulianos que la acompañan esa mañana. Mientras responden, las mismas imágenes, una y otra vez.
Ha sido un encierro rápido y limpio. Mañana, otro. Ganadería Urdangarin.
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