El otro día me crucé
con un señor mayor, o un anciano, o un viejo (nunca sé cuál es la forma más
precisa y menos agresiva a la vez de llamar a alguien que ya no cumplirá los 75
o los 80). Pelo cano, brazos surcados de arrugas, gesto todavía enérgico. No
destacaba por nada en especial, la verdad, si acaso por la reluciente camiseta
del Real Valladolid (puede que de esta misma temporada) que lucía. Apenas
reparé en él, pero al rebasarlo (yo iba corriendo) atisbé fugazmente el nombre
que lucía a la espalda, y ahí es donde el señor mayor, o el anciano, o el
viejo, me ganó para su causa. Ahí, entre sus dos hombros caídos, destacaban
sobre las franjas blanquivioletas una palabra que jamás habría imaginado. La
camiseta no se decantaba por algún jugador de la plantilla. No rezaba ‘Óscar’
ni ‘Álvaro Rubio’, ni siquiera, en un guiño al pasado, ‘Manucho’, ‘Moré’ o
‘Peternac’. Tampoco había optado por el nombre de su propietario, algo como
‘Mariano’ o ‘Julito’. Qué va. La camiseta lucía simplemente tres letras, un
imponente UVI, como recordatorio, no lo tengo claro, del lugar que había
visitado recientemente su propietario o, peor aún, el que tendría que pisar en
un futuro cercano. El viejo (qué demonios, dejemos a un lado los eufemismos) se
estaba riendo en la cara (o en la espalda) de una muerte que ya le está rondando. Y lo hacía, claro, a través de la camiseta de un equipo acostumbrado a las salas de reanimación, las muertes súbitas y las operaciones de cirugía a corazón abierto.
viernes, 4 de septiembre de 2015
lunes, 24 de agosto de 2015
Usain
A Usain Bolt se le recordará siempre por sus estratosféricas marcas deportivas, por una superioridad colosal que hace cuestionarnos acerca de su verdadera naturaleza. Bolt ha corrido más que ningún otro ser humano antes, y lo ha hecho subido a un pedestal divino desde el que observa a sus pobres rivales con una sonrisa que solo puede darla la seguridad de encontrarse en un plano superior.
Pero cuando el rayo de Jamaica se canse de llegar siempre el primero a todas partes, a mí me gustará recordarlo en esta carrera. Cuando un inoportuno tropezón lo expulsó por un momento del confortable Olimpo en el que reside y lo confinó durante unos dramáticos segundos a compartir existencia con esas insignificantes criaturas llamadas 'hombres'. Durante ese tiempo, apenas unas zancadas, Bolt se transformó en uno de nosotros, y asomaron a sus ojos emociones que desconocía hasta entonces. Dudó, y sintió miedo, y una rabia que hizo que corriera todavía más rápido de lo que lo había hecho hasta entonces.
Durante esos 80 metros, Usain fue uno de los nuestros. Y eso lo recordaré siempre.
Pero cuando el rayo de Jamaica se canse de llegar siempre el primero a todas partes, a mí me gustará recordarlo en esta carrera. Cuando un inoportuno tropezón lo expulsó por un momento del confortable Olimpo en el que reside y lo confinó durante unos dramáticos segundos a compartir existencia con esas insignificantes criaturas llamadas 'hombres'. Durante ese tiempo, apenas unas zancadas, Bolt se transformó en uno de nosotros, y asomaron a sus ojos emociones que desconocía hasta entonces. Dudó, y sintió miedo, y una rabia que hizo que corriera todavía más rápido de lo que lo había hecho hasta entonces.
Durante esos 80 metros, Usain fue uno de los nuestros. Y eso lo recordaré siempre.
jueves, 20 de agosto de 2015
miércoles, 19 de agosto de 2015
Un artista del alambre
A primera vista,
podría parecer que el hombre del traje de baño amarillo que vemos en la imagen
está disfrutando de sus vacaciones ajeno a lo que se le viene encima,
despreocupado de los enfrentamientos con la Justicia, insensible con quienes se
han visto afectados por sus acciones o inacciones al frente de los organismos
que ha dirigido. Si nos quedamos en la superficie de esa lámina de
aguas cristalinas, veremos únicamente a un hombre feliz que se dispone a
chapotear en el mar mientras su pareja lo mira complacida. Una estampa de pura
felicidad, ¿no creen?
Pero si dejamos
a un lado la vulgar apariencia, lo que nuestro cerebro intoxicado quiere que
veamos, lo que se muestra ante nuestros ojos es bien distinto. Observen el
gesto crispado del hombre del traje de baño amarillo (traje de baño enorme, por
otro lado). El precario equilibrio que se deduce de la posición de brazos y
piernas. La mirada fija en un punto bajo sus pies. Esa concentración propia de
profesionales que entregan su vida a desactivar minas. ¿Lo ven? ¿A que ahora
está más claro?
En la imagen no
se aprecia, pero les aseguro que está ahí. El finísimo alambre por el que se
está desplazando en ese momento el hombre del traje de baño amarillo. La última
y brevísima frontera que le separa del abismo y a la que se agarra para no caer
en un océano infestado de tiburones de cuellos almidonados que han decidido que
quieren su cabeza.
El hombre del traje de baño amarillo vive en un permanente
estado de alerta ante su posible caída a
los infiernos, y ha hecho del precario equilibrio su forma de vida, dando
pequeñísimos pasos sobre el alambre que podrían ser siempre los últimos. ¿No se les
encoge ahora el corazón, como cuando ven a los funambulistas pasar de un
edificio a otro a decenas de metros sobre el suelo? ¿Es que hay alguna
diferencia con este pobre hombre del traje de baño amarillo? ¿Es que acaso el
arte de mantenerse sobre el alambre, enfrentado a todas las calamidades, no
merece nuestra conmiseración?
viernes, 7 de agosto de 2015
Aquí viene el avioncito
El padre recurre a tragedias aéreas para animar a comer a su pequeño. El accidente de Los Rodeos le va muy bien para el puré de verduras.
jueves, 9 de julio de 2015
Carta abierta a 13 TV
Estimada 13TV:
Me preparo, como cada noche, para seguirte, para sentirme parte de esa mesa de debate llena de grandes nombres de la comunicación de nuestro país que nos regalas cada noche. Para dejarme llevar por mi parte más tertuliana, esa que se sorprende gritando como un loco ante el cinismo desacomplejado que de vez en cuando dejan caer por ahí, pongamos, un repelente Pablo Casado o un relamido Rafael Hernando, deseosos de seguir progresando en el escalafón popular. Que se retuerce ante la duda de si soporta menos a Carlos Cuesta o a Alfonso Merlos. O que asusta a los vecinos mientras grita a la pantalla que ojalá dejen de fabricar el tinte de Isabel San Sebastián. Me gusta esa parte llena de ira y rencor que consigues sacarme con tu tintineante cascabel.
Te escribo, tranquilo, no para protestar por la selección, llamémosle poco equilibrada, de los componentes de la mesa de debate. A buen seguro estarás harta de recibir las quejas de esa panda de perroflautas a los que acusáis, siempre con una gran sonrisa en el rostro, de descuidar su higiene y de planear en un futuro inminente el asalto a las iglesias y ejecuciones sumarias en la Puerta del Sol. Mi llamada de atención no tiene nada que ver con el sesgo ideológico de vuestros tertulianos de cámara. De todas formas, cada cual es muy libre de lobotomizar a la audiencia con las armas que quiera.
Lo que quiero apuntar, simplemente, es que quizás ha llegado el momento de darle una vuelta a las preguntas que realizáis cada noche para que los espectadores os hagan llegar su opinión a razón de 1,45 euros desde la red fija o unos módicos 2 euros desde el móvil (¿he oído crisis?).
Lo que quiero decir, a ver si me entiendes, es que planteando TODAS LAS NOCHES estas preguntas
-¿Le gustaría que un partido de izquierda radical gobernara en España?
-¿Cree que sería bueno para España un Gobierno de Pablo Iglesias apoyado por Pedro Sánchez?
-¿Cree que si Podemos gobernara en España el país acabaría como Grecia?
-¿Se fía de lo que vayan a hacer los Ayuntamientos gobernados por Podemos?
-¿Cree que Podemos es un peligro para España?
y recibiendo siempre unos porcentajes de voto similares, siempre en el mismo sentido, quizás ya ha quedado claro cuál es la opinión de tu audiencia al respecto.
Yo es que sigo sin verlo claro.
Por supuesto, eres muy libre de continuar con tu cuestionario teléfonico antipodemita para cerciorarte al 100 por cien, o incluso un poco más, de que no, de que Pablo Iglesias no es un personaje bien valorado por esos espectadores. Y no te digo, por supuesto, que preguntes por el futuro de Rita Barberá en el Senado, o si Joaquín Leguina debería recibir íntegros los 8000 euros del Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid porque, eh, se los ha ganado y no debe financiar el paro de ningún socialista resentido. Yo qué sé. Pregunta lo que quieras. Pregunta por Casillas, si quieres. O sigue preguntado por Pablo. Quizás hasta le cogen cariño.
Un humilde español.
Me preparo, como cada noche, para seguirte, para sentirme parte de esa mesa de debate llena de grandes nombres de la comunicación de nuestro país que nos regalas cada noche. Para dejarme llevar por mi parte más tertuliana, esa que se sorprende gritando como un loco ante el cinismo desacomplejado que de vez en cuando dejan caer por ahí, pongamos, un repelente Pablo Casado o un relamido Rafael Hernando, deseosos de seguir progresando en el escalafón popular. Que se retuerce ante la duda de si soporta menos a Carlos Cuesta o a Alfonso Merlos. O que asusta a los vecinos mientras grita a la pantalla que ojalá dejen de fabricar el tinte de Isabel San Sebastián. Me gusta esa parte llena de ira y rencor que consigues sacarme con tu tintineante cascabel.
Te escribo, tranquilo, no para protestar por la selección, llamémosle poco equilibrada, de los componentes de la mesa de debate. A buen seguro estarás harta de recibir las quejas de esa panda de perroflautas a los que acusáis, siempre con una gran sonrisa en el rostro, de descuidar su higiene y de planear en un futuro inminente el asalto a las iglesias y ejecuciones sumarias en la Puerta del Sol. Mi llamada de atención no tiene nada que ver con el sesgo ideológico de vuestros tertulianos de cámara. De todas formas, cada cual es muy libre de lobotomizar a la audiencia con las armas que quiera.
Lo que quiero apuntar, simplemente, es que quizás ha llegado el momento de darle una vuelta a las preguntas que realizáis cada noche para que los espectadores os hagan llegar su opinión a razón de 1,45 euros desde la red fija o unos módicos 2 euros desde el móvil (¿he oído crisis?).
Lo que quiero decir, a ver si me entiendes, es que planteando TODAS LAS NOCHES estas preguntas
-¿Le gustaría que un partido de izquierda radical gobernara en España?
-¿Cree que sería bueno para España un Gobierno de Pablo Iglesias apoyado por Pedro Sánchez?
-¿Cree que si Podemos gobernara en España el país acabaría como Grecia?
-¿Se fía de lo que vayan a hacer los Ayuntamientos gobernados por Podemos?
-¿Cree que Podemos es un peligro para España?
y recibiendo siempre unos porcentajes de voto similares, siempre en el mismo sentido, quizás ya ha quedado claro cuál es la opinión de tu audiencia al respecto.
Yo es que sigo sin verlo claro.
Por supuesto, eres muy libre de continuar con tu cuestionario teléfonico antipodemita para cerciorarte al 100 por cien, o incluso un poco más, de que no, de que Pablo Iglesias no es un personaje bien valorado por esos espectadores. Y no te digo, por supuesto, que preguntes por el futuro de Rita Barberá en el Senado, o si Joaquín Leguina debería recibir íntegros los 8000 euros del Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid porque, eh, se los ha ganado y no debe financiar el paro de ningún socialista resentido. Yo qué sé. Pregunta lo que quieras. Pregunta por Casillas, si quieres. O sigue preguntado por Pablo. Quizás hasta le cogen cariño.
Un humilde español.
lunes, 6 de julio de 2015
El futuro es de la Jeni
Ayer en Masterchef apareció la madre del ganador, una mujer de nombre 'la Jeni'. Al escucharlo, sufrí un pequeño cortocircuito en el córtex cerebral del que, afortunadamente, me repuse pronto. Creí estar en 2030, al menos, cuando las Jesis o las Déboras serán señoras de mediana edad con hijos en la flor de la vida. La de ayer, al parecer, era solo una avanzadilla, una Terminator llegada del futuro para avisarnos de lo que nos espera. En los Estados Unidos vivieron una gran revolución hace unos años cuando eligieron sl primer presidente negro de la historia. A nosotros nos falta ya menos para vivir la nuestra: la que supondrá colocar en la Moncloa al Jonathan. O a la Jeni.
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