Cada 6 de diciembre los políticos oficiales de este país, los de despacho, coche y iPad sufragados por los contribuyentes, se felicitan, ufanos, recordando la fecha en la que los españoles 'nos dimos' esta democracia en la que vivimos, esta monarquía parlamentaria que, visto lo visto, nos vamos a tener que comer hasta que se nos indigeste. Como en Crónicas carnívoras.
Con el Caudillo todavía caliente, se entiende que hasta Carrillo se hiciese fan de nuestro rey. Más de tres décadas después debería dejar de sorprender (y de asustar) que otros sistemas se vean como alternativas más que adecuadas a nuestra realidad. El problema, claro, es que nunca toca hablar de estas cuestiones. Si no es que ETA mata es que a la gente le preocupan cuestiones como la economía. El caso es que el tiempo pasa y nunca es el momento de hablar claro de la Corona. Ni siquiera algo tan aparentemente inocuo como el tema de la sucesión termina nunca en el programa político, gobierne quien gobierne. Y si eso se evita, no digamos algo todavía más drástico.
Juan Carlos y su familia llevan casi un 'lustro horribilis' a sus espaldas pero no pasa nada. 'Ya escampará', deben de pensar, alineados con otro genio en esto de dejar que sea el tiempo quien termine con cualquier problema, nuestro querido Rajoy. Entre elefantes, Corinnas y operaciones, el asunto del yerno perfecto acosado por la Justicia ha seguido avanzando hasta el último capítulo de hoy, el de la imputación de la infanta por ese monumento a la pillería llamado Nóos. La respuesta por parte de la Casa Real no ha defraudado: ellos nunca comentan decisiones judiciales. Patada a seguir y aquí no ha pasado nada. Algo que no sorprende vistos los antecedentes, el último de ellos el de las cuentas millonarias en Suiza del padre de Su Majestad. Envolverse en la bandera del patriotismo es muy fácil y hasta conveniente si lo que se quiere es ocultar el dinero en un paraíso fiscal a tus queridos compatriotas. De abuelo a nieta, lo que hemos visto estos últimos días nos recuerda el peso de los genes en todo, hasta en la habilidad de pillar dinero de donde sea y esconderlo a toda costa.
Lástima que ahora tampoco sea el momento de cuestionar la monarquía. No en estos momentos tan duros en los que, de hacerlo, se nos acusaría de ventajistas y de hacer leña del árbol caído. Si eso lo dejamos para más adelante. Ahora es el momento de remar todos juntos para salir de esta crisis. No me sean antipatriotas y dejen al rey tranquilo. Remen. No dejen de remar.
miércoles, 3 de abril de 2013
viernes, 22 de marzo de 2013
Sanfermines de imputados
Son las nueve de la mañana y una muchedumbre se agolpa junto al portal. Las cámaras registran todo lo que ocurre alrededor y los vecinos sortean a los periodistas mientras tratan de entrar o salir de sus viviendas. A la hora prevista ("es extremadamente puntual", nos recuerdan) aparece en la puerta el objeto de deseo de los medios. Docenas de personas están frente a él, le cubren la cara con los micrófonos, le gritan, le jalean para que haga alguna declaración (lo que sea, nos da igual, DIGA ALGO), pero él no se inmuta. Avanza de manera firme y provoca en toda esa gente un efecto similar al que Charlton Heston lograba ante al Mar Rojo. Lo que antes era una masa compacta se convierte en los dos flancos de un pasillo que lo escolta hasta el coche, que espera, paciente, a apenas diez metros del portal. Sube al vehículo y se aleja con premura de su casa.
Y deja a los periodistas con la tarea de comentar la jugada. "Ha sido una salida fugaz, no ha hecho declaraciones y se ha marchado en dirección a la Audiencia". "¿Podemos ver las imágenes de nuevo?", preguntan desde el plató. Lo cierto es que no hay mucho que ver. Han sido diez, quince segundos como máximo, pero hay que rellenar varias horas de programa. "¿Cómo han visto hoy al señor Bárcenas?", pregunta Susanna Griso a los tertulianos que la acompañan esa mañana. Mientras responden, las mismas imágenes, una y otra vez.
Ha sido un encierro rápido y limpio. Mañana, otro. Ganadería Urdangarin.
Y deja a los periodistas con la tarea de comentar la jugada. "Ha sido una salida fugaz, no ha hecho declaraciones y se ha marchado en dirección a la Audiencia". "¿Podemos ver las imágenes de nuevo?", preguntan desde el plató. Lo cierto es que no hay mucho que ver. Han sido diez, quince segundos como máximo, pero hay que rellenar varias horas de programa. "¿Cómo han visto hoy al señor Bárcenas?", pregunta Susanna Griso a los tertulianos que la acompañan esa mañana. Mientras responden, las mismas imágenes, una y otra vez.
Ha sido un encierro rápido y limpio. Mañana, otro. Ganadería Urdangarin.
lunes, 11 de marzo de 2013
Conciencias tranquilas
Además de ser la locomotora de la destrucción de empleo de
Occidente y líderes mundiales en paro juvenil o agujeros bancarios, en España
podemos presumir también de ser el país con el mayor número de conciencias
tranquilas de todo el planeta. Ya pueden pillar a alcaldes o concejales en turbios
negocios con mafiosos del Este de Europa. Ya pueden probar que los consejeros
de cualquier Caja de Ahorros limpiaron las cuentas todo lo que pudieron y se
adjudicaron millonarias indemnizaciones mientras dejaban en la ruina a pequeños
inversores. Ya puedes ir borracho al volante y estrellarte de frente contra
otro coche. O tener millones de euros en Suiza de los que no puedes acreditar
su procedencia. O aceptar regalos de tramas corruptas. O aprovecharte de tu
posición para forrarte, a cuenta del erario público, mediante una organización
sin ánimo de lucro que, en el fondo, no tiene más ánimo que el de lucrarse. O mentir
de manera sistemática -y premeditada- a tus votantes y al resto de ciudadanos.
Da igual. Al final, lo que cuenta es tener ‘la conciencia tranquila’ y la
‘convicción de que no he cometido ningún delito’. Y en eso, ya decía, vamos
sobrados.
El último ejemplo de la capacidad que tenemos en nuestro
país para aferrarnos al cargo nos lo ha regalado el presidente de la Real Federación Española de Automovilismo. Ha dado positivo en un control de
alcoholemia, pero no le parece una razón que lo desacredite en su puesto de
representación. ‘Yo no he matado a nadie’, explica. Y tiene razón. Su argumento
es la prueba del nueve a la hora de entender los mecanismos que rigen la mente
de los españoles cuando de valorar una dimisión se trata. El asesinato -el
homicidio, si quieren, aunque no lo tengo demasiado claro- es el punto a partir
del que se tienen en cuenta los delitos susceptibles de provocar que alguien renuncie
a su cargo. Si no has matado a nadie (queriendo), la dimisión todavía no es de recibo.
No es para tanto. ‘Tengo la conciencia muy tranquila’. Quizás el único delito
que se salte la norma y no haga necesaria la existencia de un muerto para
renunciar sea el de violar niños. Aun así, siempre habrá quien no lo vea tan
terriblemente trágico y disculpe este comportamiento con un ‘el problema es de
los padres, que los visten de una manera que no me puedo controlar’.
El sainete de Ponferrada, con guion de Azcona y Berlanga,
con concejales condenados por acoso, transfuguismo, puñaladas por la espalda y
pactos en la sombra, es otro de esos ejercicios de contorsionismo en los que al
terminar el político de turno sigue, contra todo pronóstico, bien sujeto a la
poltrona. ‘Por responsabilidad democrática’ y porque, en el fondo, tienen la
conciencia bien tranquila. Y eso es lo que vale.
En cuestiones de renuncias, no pido que España se convierta enAlemania, también en esto. A veces, con parecerse un poco al Vaticano
tendríamos más que suficiente.
viernes, 1 de marzo de 2013
sábado, 23 de febrero de 2013
Usted se calla, que para algo es rico y famoso
Acabo de ver, juro que de manera no intencionada, una película de Pablo Larraín llamada No. Narra las semanas previas al plebiscito de 1988 en el que se preguntó a los chilenos si les apetecía otra taza de Pinochet o mejor ya no, mejor nos ponen otra cosa que ya estamos con un poco de empacho. Los partidos de la oposición tuvieron, durante un mes, una franja en televisión de 15 minutos diarios para hacer campaña en contra del dictador. La película muestra la manera en la que la publicidad de unos y de otros trató de movilizar a un pueblo que, finalmente, optó por decirle al señor Augusto que muchas gracias pero que ya no le querían como antes.
Un momento muy concreto de la película me ha recordado a la España de estos días y me ha dejado claro que pocas cosas cambian en el fondo. Es el momento en que un anuncio del régimen, para desacreditar otro de la oposición que criticaba la pobreza del país, utiliza argumentos no en contra de sus ideas, sino en contra de la actriz que lo protagoniza. "Esa mujer no es pobre, ha cobrado por hacer su trabajo y, además, tiene un negocio y varias casas", vienen a decir en el contraanuncio. Es decir, que si tienes dinero (aunque sea poco) o disfrutas de un trabajo en condiciones, no tienes la legitimidad de atacar los desmanes laborales o defender a los pobres. Exactamente lo mismo que, después de la intervención de varios actores en los últimos Premios Goya, ha sucedido por aquí.
Vamos a ver, tampoco vengo aquí a defender a Candela Peña o a Maribel Verdú. Ellas sabrán por qué dicen determinadas cosas y hasta qué punto son sinceras. Lo que me irrita es esa propensión de cierto sector de nuestro país de mezclar churras con merinas y aprovechar cosas como esas para atacar a 'esos de la ceja'. Porque se llega a casos como el de este célebre regidor para quien es incompatible apoyar la causa de los saharauis con procurar una buena sanidad a los hijos. 'No tiene nada que ver una cosa con otra, pero meto a los palestinos, que son igual de moros que los saharauis, y ya está', pensará este entrañable personaje.
En la caza de brujas que se montó justo después de los Goya intentó sacar partido también el ministro de Hacienda, que hizo eso tan cobarde de tirar la piedra y esconder la mano. 'Aquí hay alguien que ha matado a alguien', decía Gila. Montoro opta por el 'aquí hay actores que van de españoles pero no tributan en España', hablando de (supongo) Bardem, por ejemplo, uno de los titiriteros preferidos en este cíclico pimpampum. Pues oiga, si usted sabe de verdad que hay actores que defraudan a Hacienda, denúncielo por los cauces correctos, que para algo es ministro, y no haga de ello un parapeto ideológico para desviar la mirada de su catastrófica labor.
Es que ya está bien, que tenga que salir aquí a defender a Bardem, con lo mal que me cae.
Un momento muy concreto de la película me ha recordado a la España de estos días y me ha dejado claro que pocas cosas cambian en el fondo. Es el momento en que un anuncio del régimen, para desacreditar otro de la oposición que criticaba la pobreza del país, utiliza argumentos no en contra de sus ideas, sino en contra de la actriz que lo protagoniza. "Esa mujer no es pobre, ha cobrado por hacer su trabajo y, además, tiene un negocio y varias casas", vienen a decir en el contraanuncio. Es decir, que si tienes dinero (aunque sea poco) o disfrutas de un trabajo en condiciones, no tienes la legitimidad de atacar los desmanes laborales o defender a los pobres. Exactamente lo mismo que, después de la intervención de varios actores en los últimos Premios Goya, ha sucedido por aquí.
Vamos a ver, tampoco vengo aquí a defender a Candela Peña o a Maribel Verdú. Ellas sabrán por qué dicen determinadas cosas y hasta qué punto son sinceras. Lo que me irrita es esa propensión de cierto sector de nuestro país de mezclar churras con merinas y aprovechar cosas como esas para atacar a 'esos de la ceja'. Porque se llega a casos como el de este célebre regidor para quien es incompatible apoyar la causa de los saharauis con procurar una buena sanidad a los hijos. 'No tiene nada que ver una cosa con otra, pero meto a los palestinos, que son igual de moros que los saharauis, y ya está', pensará este entrañable personaje.
En la caza de brujas que se montó justo después de los Goya intentó sacar partido también el ministro de Hacienda, que hizo eso tan cobarde de tirar la piedra y esconder la mano. 'Aquí hay alguien que ha matado a alguien', decía Gila. Montoro opta por el 'aquí hay actores que van de españoles pero no tributan en España', hablando de (supongo) Bardem, por ejemplo, uno de los titiriteros preferidos en este cíclico pimpampum. Pues oiga, si usted sabe de verdad que hay actores que defraudan a Hacienda, denúncielo por los cauces correctos, que para algo es ministro, y no haga de ello un parapeto ideológico para desviar la mirada de su catastrófica labor.
Es que ya está bien, que tenga que salir aquí a defender a Bardem, con lo mal que me cae.
viernes, 22 de febrero de 2013
No a todo, ¿no?
No sabía cómo empezar todo esto. Pero me acabo de fijar en que la fecha que aparece en la entrada está mal. Ya es 23 de febrero, pero ahí dice que siguen siendo las tres de la tarde del día 22. Hora del Pacífico, me escupe la configuración. No. No estamos en el Pacífico. ¿No lo ves?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)