viernes, 7 de agosto de 2015

Aquí viene el avioncito


El padre recurre a tragedias aéreas para animar a comer a su pequeño. El accidente de Los Rodeos le va muy bien para el puré de verduras.

jueves, 9 de julio de 2015

Carta abierta a 13 TV

Estimada 13TV:

Me preparo, como cada noche, para seguirte, para sentirme parte de esa mesa de debate llena de grandes nombres de la comunicación de nuestro país que nos regalas cada noche. Para dejarme llevar por mi parte más tertuliana, esa que se sorprende gritando como un loco ante el cinismo desacomplejado que de vez en cuando dejan caer por ahí, pongamos, un repelente Pablo Casado o un relamido Rafael Hernando, deseosos de seguir progresando en el escalafón popular. Que se retuerce ante la duda de si soporta menos a Carlos Cuesta o a Alfonso Merlos. O que asusta a los vecinos mientras grita a la pantalla que ojalá dejen de fabricar el tinte de Isabel San Sebastián. Me gusta esa parte llena de ira y rencor que consigues sacarme con tu tintineante cascabel.

Te escribo, tranquilo, no para protestar por la selección, llamémosle poco equilibrada, de los componentes de la mesa de debate. A buen seguro estarás harta de recibir las quejas de esa panda de perroflautas a los que acusáis, siempre con una gran sonrisa en el rostro, de descuidar su higiene y de planear en un futuro inminente el asalto a las iglesias y ejecuciones sumarias en la Puerta del Sol. Mi llamada de atención no tiene nada que ver con el sesgo ideológico de vuestros tertulianos de cámara. De todas formas, cada cual es muy libre de lobotomizar a la audiencia con las armas que quiera.

Lo que quiero apuntar, simplemente, es que quizás ha llegado el momento de darle una vuelta a las preguntas que realizáis cada noche para que los espectadores os hagan llegar su opinión a razón de 1,45 euros desde la red fija o unos módicos 2 euros desde el móvil (¿he oído crisis?).

Lo que quiero decir, a ver si me entiendes, es que planteando TODAS LAS NOCHES estas preguntas

-¿Le gustaría que un partido de izquierda radical gobernara en España?
-¿Cree que sería bueno para España un Gobierno de Pablo Iglesias apoyado por Pedro Sánchez?
-¿Cree que si Podemos gobernara en España el país acabaría como Grecia?
-¿Se fía de lo que vayan a hacer los Ayuntamientos gobernados por Podemos?
-¿Cree que Podemos es un peligro para España?

y recibiendo siempre unos porcentajes de voto similares, siempre en el mismo sentido, quizás ya ha quedado claro cuál es la opinión de tu audiencia al respecto.




                                           Yo es que sigo sin verlo claro.

Por supuesto, eres muy libre de continuar con tu cuestionario teléfonico antipodemita para cerciorarte al 100 por cien, o incluso un poco más, de que no, de que Pablo Iglesias no es un personaje bien valorado por esos espectadores. Y no te digo, por supuesto, que preguntes por el futuro de Rita Barberá en el Senado, o si Joaquín Leguina debería recibir íntegros los 8000 euros del Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid porque, eh, se los ha ganado y no debe financiar el paro de ningún socialista resentido. Yo qué sé. Pregunta lo que quieras. Pregunta por Casillas, si quieres. O sigue preguntado por Pablo. Quizás hasta le cogen cariño.

Un humilde español.


lunes, 6 de julio de 2015

El futuro es de la Jeni

Ayer en Masterchef apareció la madre del ganador, una mujer de nombre 'la Jeni'. Al escucharlo, sufrí un pequeño cortocircuito en el córtex cerebral del que, afortunadamente, me repuse pronto. Creí estar en 2030, al menos, cuando las Jesis o las Déboras serán señoras de mediana edad con hijos en la flor de la vida. La de ayer, al parecer, era solo una avanzadilla, una Terminator llegada del futuro para avisarnos de lo que nos espera. En los Estados Unidos vivieron una gran revolución hace unos años cuando eligieron sl primer presidente negro de la historia. A nosotros nos falta ya menos para vivir la nuestra: la que supondrá colocar en la Moncloa al Jonathan. O a la Jeni.

martes, 26 de mayo de 2015

No tenéis vergüenza

Esperanza Aguirre, que conoce la vergüenza porque se la encontró una vez de paseo en el Retiro, se había pasado la campaña presumiendo de chulapa y sacando de paseo primero a Pecas y luego a ETA, que siempre estará viva en los corazones de algunos.

El que en cualquier otro momento habría sido el principal rival de la condesa continuaba con su particular yincana con la que se proponía destruir, probablemente inspirado en el Ejército Islámico, cualquier atisbo de cordura y de sensatez en un partido al que ya le da igual todo si los de enfrente las pasan igual de canutas que ellos.

Lo de que la falta de vergüenza es algo transversal lo demostró Pablo Iglesias jugando una pachanga con la camiseta republicana y un estilo en las antípodas de Laudrup que consiguió lógicamente hacerse con la portada de La Razón, encantada con poder ensañarse con el líder de Podemos también en este terreno de juego.

Floriano apareció cuando la debacle parecía ya segura y se enrocó en el mantra que acompañaría durante toda la noche a los compañeros de su partido. “El Partido Popular ha sido el partido más votado por los españoles” dijo Floriano sin que se le moviera una ceja, y fueron repitiendo el resto de ganadores que poco a poco irán limpiando los escritorios en los que han acumulado papeles oficiales las dos últimas décadas.

Terminaba así una campaña electoral, que básicamente es un ejercicio de paciencia para el ciudadano, asombrado por la falta de escrúpulos del ser humano, y comenzaba otra etapa, la de los pactos, donde también es necesario dejar la vergüenza a un lado si lo que se pretende es dormir por las noches.


En Oyón, un pequeño pueblo de La Rioja alavesa, su hasta ahora alcalde también depende de estos pactos antinatura para conservar el bastón. Lo bueno que tiene él es que, como ya nos enseñó en campaña, ni tiene vergüenza ni la espera.

jueves, 14 de mayo de 2015

Esto no es una pipa

René Magritte nos puso delante una pipa al tiempo que nos alertaba: ‘Esto no es una pipa’. Magritte era un pintor surrealista y era belga, que viene a ser lo mismo casi siempre, y por eso no nos quedó más remedio que creerle y darle la razón. Si nos poníamos exquisitos, lo que veíamos no era propiamente una pipa, sino una imagen representada de lo que convenimos que es una pipa.



Alfonso Rus quiso optar también por el surrealismo cuando, tras aparecer las grabaciones en las que se le escuchaba contar dos millones de pelas procedentes, supuestamente, de una comisión ilegal, intentó convencernos de que esa voz no era la suya. El drama para Rus es que no nació en Bruselas, ni en Lessines, sino en Jávea, y que además ocupa(ba) la Diputación de Valencia para el Partido Popular, que no es que sea sinónimo de corrupción pero ustedes ya me entienden.

El bueno de Rus, de todas formas, no hizo más que aplicar una de las máximas que rigen la política de este país, y que viene a decir que nunca se es responsable de nada que te suponga una carga y que las culpas, incluso cuando son tuyas, nunca son exactamente tuyas. Es más, son de los demás.


Este surrealismo ibérico, que casi nunca funciona tan bien como el belga, tiene en Esperanza Aguirre uno de sus mejores exponentes. Superviviente indemne de todo tipo de situaciones tremebundas (desde atentados islamistas o caídas de helicópteros hasta aparcamientos improcedentes en la Gran Vía), la risueña lideresa tiene una capacidad innata para aguantar el rictus en su rostro de cemento cuando asegura, por ejemplo, que fue ella quien destapó la ‘trama Gürtel’ o que no conocía a aquel imputado de quien fue testigo en su boda. Aguirre nunca miente, y cuando lo hace es porque, lamentablemente, estaba mal informada y no hacía más que reproducir lo que leyó una vez en el periódico. Dentro de unas semanas será la nueva alcaldesa de Madrid, y es probable que ni siquiera tenga que recurrir a ese episodio surrealista en el que consistió el ‘tamayazo’. Ya estamos curados de espantos. Y nos creemos cualquier cosa.

martes, 14 de abril de 2015

Papeletas

Vi la escena en uno de esos programas de TVE que rebuscan en su archivo para recordar al espectador lo ingenuos que éramos en el pasado y lo interesantes, cosmopolitas y preparados que somos ahora. Repasaban entonces las primeras elecciones democráticas después de la muerte de Franco. Eran una imágenes en las que los carteles del PC o de la UCD se mezclaban con las entrevistas a ciudadanos sin nombre que hablaban sobre sus preferencias políticas. “¿Y usted que votará?’, le preguntaban al protagonista de esta historia, un hombre ya mayor que respondía con absoluta honestidad pero todavía aturdido después de tres décadas y media de dictadura. “Yo, que sí”, explicaba extrañado ante el micrófono, como si hubiera más respuestas posibles ante tal cuestión.

Desde ese 1977 han pasado ya más años que los que Franco guió el destino de España tras la Guerra Civil. Estarán de acuerdo en que en estas casi cuatro décadas las cosas han cambiado mucho en este país. ¡Si hasta tenemos otro rey, no les digo más! Eso sí, viendo las encuestas sobre intención que voto que aparecen en los medios casi a diario, ciertas cosas siguen igual.

Ahí está, por ejemplo, ese todavía amplio sector de la población que seguirá votando ‘sí’ (en cualquiera de sus dos variantes) como si no hubiera otra opción posible, como si coger una papeleta distinta a las que han elegido los últimos treintaytantos años fuese algo inconcebible, algo que escapara al entendimiento y a la razón. En 2015, casi la mitad de los votantes (si no más) aseguran, imagino que con ese mismo gesto incrédulo del anciano de 1977, que seguirán encastillados en una idea política de la que parece imposible liberarlos.


Aún no sé qué papeleta meteré en la urna. Pero votaré ‘no’.

lunes, 23 de marzo de 2015

El crepúsculo de Borromeo

El público y la crítica ya habían sentenciado al programa mucho antes de su estreno. Las alusiones a la caspa, la cochambre, la cutrez sin medida y la vergüenza ajena lo manchaban antes de su nacimiento, antes incluso de su concepción, antes de cualquier atisbo ontológico que sugiriera su mera existencia. Salir al mundo pringado de pecado original no era una posibilidad: era una necesidad inexcusable. Y, cuando lo hizo, no decepcionó a los convencidos de que el nuevo programa de José Luis Moreno –el Moreno– merecía una nueva visita de un par de albaneses a la mansión del padre de Monchito.

Sobre la alfombra roja que ayudamos a desenrollar los mismos de siempre desfilaba la habitual constelación que orbita alrededor del ventrílocuo. Niños artistas, señoras con transparencias imposibles, Francisco, ballets acrobáticos, cómicos de ayer y de antedesayer, Mari Carmen sin sus muñecos y Juncal Rivero, claro. Faltaba, eso sí, una sexagenaria encantada de conocerse, habituada a sacarle partido a sus meteduras de pata y que, gracias a su capacidad innata para hacerse la tonta, lleva décadas viviendo a costa del erario público. No, Esperanza no. La otra.

El nuevo circo de los horrores del Moreno deambulaba bajo el habitual estruendo con el que cubre las miserias de esas lentejuelas recicladas que le acompañan desde hace décadas cuando, por fin, lo entendí.

Alguien pronunció un nombre que yo creía perdido para siempre en lo más profundo de nuestra memoria común. Un nombre que alguien imaginó en algún momento para alimentar las pesadillas más siniestras, para despedazar los sueños nobles de los inocentes. El presentador dio paso a Jaimito Borromeo y un escalofrío recorrió mi cuerpo, cubierto ya en ese momento de una fina capa de sudor que me mantenía a salvo de un colapso que se antojaba inminente.

                                            En las montañas de la locura conocí a este señor.

La aparición de Jaimito, esa némesis del humor en cualquiera de sus variantes, podía ser la puntilla a mi precario estado. Pero nada malo ocurrió, oh, hermanos, sino que un inmenso resplandor, un fulgor en el que brillaban millones de soles, invadió la pantalla, mis ojos y mi corazón y vi el camino hacia el que nos guiaba el Moreno. Porque ahí, delante de los cuatro gatos que vieron el programa, no estaba el Jaimito Borromeo que conocíamos. El payaso triste que mendigaba el otro día una carcajada del público no era ese personaje del pasado al que apetecía golpear hasta desfigurarlo y quebrar todos y cada uno de sus huesos. La figura que vagaba sin alma por esa alfombra roja era la de alguien que había bajado al infierno y podía contarlo, la de un tipo que había mirado a los ojos a la muerte pero había sobrevivido. El peaje era ese halo de locura en unos ojos perdidos que ahora nosotros podíamos recuperar gracias a la magia de la televisión y del Moreno.


En esa mirada desesperada que transpira angustia y desasosiego es donde habita el verdadero espíritu del programa. El alma de este tapiz escarlata que quizás no volvamos a ver no reside en su colección de tías buenas ni en los artistas cubiertos de naftalina que desgañitan sus viejos éxitos frente al micrófono. Qué va. José Luis Moreno se ha vestido de Billy Wilder para contarnos una historia sobre el tiempo, la decadencia y el horror. Para llevarnos de la mano ante un crepúsculo donde los dioses se apellidan Borromeo.